miércoles, 6 de junio de 2012

Revista Sinécdoque Nº2 | "Las definiciones de “lo alternativo” como alternativas de clase: una apuesta política" (Escribe Nicolás Núñez / Ilustra Laucha)


Medios Alternativos/Clase/Izquierda

Las definiciones de “lo alternativo” como alternativas de clase:
una apuesta política 
Escribe Nicolás Núñez
Ilustra Laucha

I) Introducción

La siguiente ponencia se propone realizar un breve recorrido por diferentes operacionalizaciones del concepto “medio alternativo”, asentándose sobre la reposición de una hipótesis: se trata de un término binómico en el que las distintas definiciones respecto de su especificidad pueden discernirse entre aquellas que acentúan en la práctica comunicacional-discursiva,  por un lado, y las que privilegian la inscripción del medio en un horizonte político de trascendencia al orden de la sociedad capitalista, por otro. Luego se señalarán desplazamientos en el campo de los estudios en comunicación y cultura que cercenaron el peso de la visión “marxista-totalizante”. Se propondrá allí conside-rar al signo “medio alternativo” como signo ideológico y analizar la tensión alrededor de su definición como una disputa imbricada en relaciones de clase. Se problematizará el trayecto teórico previo en función de algunas posibles tensiones de la realidad social y política de nuestro país. Finalmente, se analizará la relación de los medios alternativos con las organizaciones de izquierda, que efectivamente inscriben su práctica en un horizonte de transformación radical de la sociedad en particular, y, si bien someramente, algunas tensiones suscitadas por la       puesta en debate de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual.

II) Un recorrido por las definiciones de “lo alternativo”

En las décadas de teorización que lleva sobre sus espaldas la práctica de la comunicación alternativa, es un lugar común dar cuenta de la indecibilidad de una definición compartida por el conjunto de los sujetos teórico-políticos que intervienen en los debates y en la práctica concreta. Sin embargo, se han desarrollado numerosos intentos de definiciones que, aún reconociéndose inacabadas, intentaron dar cuenta tanto de la especificidad de lo alternativo como de la prefe-rencia por determinadas perspectivas comunicacionales alternativas y no de otras.
Como se señala en “Comunicación alternativa y cambio social: un libro para cuatro décadas” (Vinelli, 2008), el enciclopédico trabajo de Grinberg logra contemplar en su     constelación de textos recopilados una gama de posibles aproximaciones a una definición de alternatividad que logra trazar puentes de continuidad hasta el presente, necesariamente     inscriptos en los desplazamientos que ocurrieron en el campo de la comunicación y cultura en las últimas tres décadas. Vinelli propone en su artículo la identificación de cinco líneas que se encontrarían en mayor o menor medida desarrolladas en aquel trabajo, de las que luego es posible delinear una continuidad hasta la actualidad. Una institucional; una ligada a la concepción de comunicación para el desarrollo; el culturalismo; la línea totalizadora desarrollada desde el marxismo; y, finalmente, la autonomista.
Sobre un eje temporal, es posible seguir cómo la trayectoria de las tres primeras fue empalmando con algunas de las transformaciones del campo acontecidas en Latinoamérica luego de la salida de los procesos dictatoriales -con el aplastamiento físico y político que conllevaron sobre una generación entera-; la instituciona-lización y profesionalización del estudio y de las prácticas comunicacionales; la imposición de modelos económicos de corte neoliberal, entre otros procesos (Mangone, 2005).
Los primeros años del siglo XXI, con los distintos procesos masivos de revueltas populares que se dieron a lo largo de Latinoamérica, dieron el marco para que la perspectiva marxista-totalizante vuelva a ganar terreno, no sólo en la teoría, sino también en el desarrollo de experiencias concretas de comunicación alternativa.
Así mismo, es en ese período que gana vitalidad la perspectiva autonomista-posmoderna. Pero en este caso es posible señalar, a partir de los planteos de Vinelli y Mangone, que el desarrollo de la misma se hace sobre la base de una parte importante de las tesis y argumentaciones sobre las que se asentaban algunas de las tres pri-meras líneas. La virulencia de la crítica a las nociones de “vanguardia” y  “clases”, y con ella a la praxis partidaria, de la mano del enaltecimiento de tendencias inmanentes “participativas” y de las particularidades de lo “comunal” y “territorial”, es algo dado a encontrar tanto en aquel li-minar trabajo de Grinberg (Grinberg, 1989) como en intervenciones de co-lectivos autonomistas recientes.
Por fuera de este desarrollo cronológico, y en función de una posible sistematización, es posible articular estas cinco tendencias desde otro enfoque: a partir del lugar desde el cual definen la “alternatividad” de una práctica comunicacional. Nociones de pares como las de “alternativos de y alternativos a” o “alterativo y alternativo” permiten avanzar en ese sentido. Por un lado, dando cuenta de si la definición de lo alternativo se encuentra sobre la base de la definición de la especificidad de la práctica comunicacional/discursiva del medio o por su articulación orgánica con un proyecto político de transformación de la realidad, en el cual se entiende en tanto medio para este fin. Y, por otro, para dar cuenta de si, en tanto se inscriba dentro de una perspectiva de modificar “un estado de cosas existente”, se propone o no una ruptura con el “sistema económico-político de dominación” (Rodriguez Esperón, 1994).
De esta forma sería posible evidenciar que tanto las primeras tres tendencias como la autonomista ponen el peso de la definición de la alternatividad en la práctica comunicacional y discursiva del medio en cuestión y que, si están articuladas con algún proyecto político, lo hacen desde una lógica local-comunitaria o impulsadas desde el Estado (de sociedades capitalistas), pero no desde una de transformación radical de las relaciones sociales de la sociedad como un todo.


III) Lo alternativo en disputa, contextualizado y multiacentuado

Me propongo profundizar un poco más el agrupamiento de trayectorias que ha sido delimitado, en particular desde la intervención de Grinberg, y las subsiguientes con las que lo hemos emparentado. Desde allí, creo que es posible confeccionar una refe-rencia -apoyándonos en las reflexiones de Mangone (Mangone, idem.)- del conjunto de las críticas a la perspectiva “marxista-totalizante” que permitan bajar un poco más a tierra las tensiones en juego. Se trata, como se ha señalado, de enmarcar los posicionamientos en un determinado proceso histórico social, en particular dando cuenta de los desplazamientos del campo en cuestión. Tenemos, entonces, una América Latina en los ´80 y ´90, en un contexto caracterizado por los elementos que señalamos en el apartado anterior. Allí empezarán a emerger estos señalamientos, con un trasfondo subjetivo donde se encuentra también un balance crítico respecto de la derrota sufrida en la década previa y transformaciones en el terreno intelectual con la circulación de todas las teorías que empalmaron con la ola del posmodernismo.
Y así contextualizado es posible entonces enumerar: una revaloración del relativismo ideológico; la definición de un cambio en el modo de acumulación capitalista que habría abandonado la centralidad de la in-dustria hacia otras ramas (servicios, ciencias), con lo cual también disminuiría la gravitación social y política de la clase obrera industrial; en suma, una crítica a la noción de clase y lucha de clases que ayuda a un traslado del eje de la denuncia de la desigualdad a la diferencia; a la par de una búsqueda de constitución de sujetos políticos a partir de las “otredades” culturales y la apuesta por los movimientos sociales, de la mano del enaltecimiento de las particularidades “nacionales”, “folclóricas”, de diversas expresiones de la cultura popular en un sentido amplio; el abandono de la perspectiva de la disputa por el poder político en general y el Estado en particular, que pasa a ser visto como un posible garante de nuevas prácticas comunicacionales; por último, el ataque a la noción de “vanguardia política” y a la organización partidaria.
Es posible aquí reforzar el peso que Magnone otorga a la ideología posmoderna en estos desplazamientos y nuevos posicionamientos. Encontramos en la enumeración precedente los elementos que Alex Callinicos (Callinicos, 2011) entiende como constitutivos del discurso posmoderno: la transformación del modo de producción capitalista, tendiente al traspaso de la producción industrial de manufacturas a una industria del conocimiento y los servicios; la puesta en boga de corrientes que desde el arte y la cultura critican diversos principios de la modernidad, recurriendo a la heterogeneidad y la recuperación del pasado y la cultura de masas; teorizaciones postestructu-ralistas que retoman el espíritu anti-escencialista y de crítica a la noción de “verdad”. A su vez, la aparición de la propia posición posmoderna en la intelectualidad, esencialmente europea y norteamericana, es entendida por el autor como un subproducto de las de-rrotas políticas del período 1968-1976, empalmado, a su vez, con una voluntad de una fracción de esa intelectualidad de adaptar su modo de vida a las nuevas lógicas de consumo (Callinicos, idem.).
Considero posible afirmar algo similar respecto de los posicionamientos teóricos que intentan borrar la perspectiva anticapitalista de la defi-nición “medio alternativo” en América Latina. Se trata de posicionamientos imbricados en un balance crítico de las derrotas pasadas, confeccionados en función de un borramiento de una perspectiva revolucionaria a futuro. Allí tenemos, recapitulando, las líneas de trabajo sobre comunicación alternativa definidas como: institucional, de la comunicación para el desarrollo, culturalista y autonomista. Conceptualizaciones que, en gran medida, se adaptan al nuevo clima post-dictatorial, que incluye un cambio en la percepción del Estado, alrededor y en función del cual se desenvuelve la institucionalización del campo académico de desarrollo de los espacios que analizan comunicación y cultura; y prácticas que en gran medida son prestidigitadas, pensadas y financiadas desde sectores del capital concentrado (Ford, Rockefeller, entre otros) o desde el propio Estado. Se trata de posiciones en las que lo alternativo es necesariamente pensado en clave crítica/oposicional respecto de algo, sea la comunicación de la industria cultural, los contenidos transnacionales, las prácticas verticales o pensadas desde las demandas e inquietudes particulares de un comunidad. Pero no en función de una visión de transformación totalizante. Retomando nuevamente a Callinicos, se trata de perspectivas críticas sobre algún punto de lo socialmente dado, pero a la hora pensar un proyecto alternativo y de transformación social, “es innegable que la estabilidad social no depende de la creencia de las clases subordinadas en la legitimidad del status quo, sino de una fragmentación de la conciencia social que les impide desarrollar una perspectiva integral de la sociedad en su conjunto.” (Callinicos, 2011, p.237)
 Es en este punto en el cual entiendo que resulta pertinente ir un poco más profundo en las conceptualizaciones, a partir de retomar algunas de las herramientas que nos presenta Valentín Volóshinov en El Marxismo y la filosofía del lenguaje. Para el autor soviético, distintas clases sociales interaccionan a partir de los mismos signos de la comunicación ideológica y, por ende, en estos últimos se cruzan los acentos que cada clase intenta impregnarle a partir de sus intereses concretos. “El signo llega a ser la arena de la lucha de clases (...) al mismo tiempo que un medio refractante y distorsionador de la existencia” (Volóshinov, 2007, p.47). Volóshinov plantea una disputa constante, aunque no siempre con la misma virulencia, en el plano del signo por su carácter, su acento valorativo; como ser su crista-lización en tanto elogio o injuria, verdad o mentira.
En las tensiones entre definiciones que encontramos en nuestro trayecto, se trataría de avanzar en ver qué intereses de clase están detrás de la multiacentualidad del signo “medio alternativo”. Entiendo que es posible encontrar una preocupación de carácter similar en Armand Mattelart cuando señala que fue la “sociología burguesa”quién bregó todo lo posible porque no se incorporara una teoría clasista al análisis de la comunicación (Mattelart, 2010, p.53). Siendo que aquí no se trata de pensar en sociólogos que, a la vez que sociólogos, fueran propietarios de fábricas, de examinar en clave determinista en la biografía de quienes teorizan respecto de lo alternativo, sino de entender qué intereses de clase cavan trincheras y construyen fortalezas no siempre visibles tras esos posicionamientos teóricos. En este caso, tras el intento de acentuar la noción de lo alternativo en forma independiente a una construcción política anticapitalista.
La noción de Voloshinov toma como insumo, aunque no se ciñe, a la “teoría del reflejo”2 que Mattelart atribuye a Lenin  (Matterlart, 2010, p.57), lo cual se percibe ya en su preferencia de los verbos “refracta” y “distorsiona”. Pero resulta claro que lo que el compañero de Bajtín señala se asienta sobre una de las batallas que el líder del partido bolchevique dio, quizás, con más firmeza:

“Ya no puede hablarse de una ideología independiente elaborada por las mismas masas obreras en el curso de su movimiento, el problema se plantea solamente así: ideología burguesa o ideología socialista. No hay término medio (pues la humanidad no ha elaborado ninguna “tercera ideología”; además, en general, en la sociedad desgarrada por las contradicciones de clase nunca puede existir una ideología al margen de las clases ni por encima de las clases). Por eso, todo lo que sea rebajar la ideología socialista, todo lo que sea alejarse de ella equivale a fortalecer la ideología burguesa. Se habla de espontaneidad. Pero el desarrollo espontáneo del movimiento obrero marcha precisamente hacia su subordinación a la ideología burguesa.”(Lenin,2007, p.137)

Podríamos aquí sumar lo propio señalado por Mattelart:

“La noción de clase contradice la sagrada verdad que reza que cada uno es libre de recibir información o que cada uno es libre de expresar y transmitir libremente su propia información a otros.
La importancia de un análisis de clase es que enfatiza el siguiente hecho: porque la clase dueña de los medios de producción económicos e ideológicos se apropia de la producción de fuerzas sociales antagónicas tiene que imponer su realidad y su orden como los únicos posibles.”(Matterlart, 2010, p.53)

                Hilando lo planteado en los párrafos precedentes, considero que es posible afirmar que desde una posición ligada al marxismo y al entendimiento de la sociedad como un todo escindido en las luchas inherentes de clases sociales antagónicas, a la vez que extendiendo esa noción de conflictividad clasista al propio terreno del lenguaje y los signos ideológicos, es posible entender la acentuación del signo “medio alternativo” en pugna entre: una posición que no se propone cuestionar el poder político-social y económico que detenta la clase burguesa, que lo presenta como el único posible y que es incluso fomentada en su estudio, difusión e intervención por sectores de esa clase, sean empresas, fundaciones, Estados u organismos internacionales, que confeccionan -de hecho- una apuesta por ella; y otra, que entiende que, justamente, lo alternativo debería ser definido en pos de una estrategia revolucionaria que se proponga torcer esa realidad y que, por ende, tenga una perspectiva de búsqueda del poder político, responda a los intereses históricos de la clase trabajadora y sea ejercida como “un reto a asumir por los cuadros políticos y los grupos de investigadores ligados a organizaciones de militancia”(Graziano, 1980).
Se trata de una dinámica que excede a la propia voluntad individual o actuar conciente (en contraposición a inconciente, y no en tanto conciencia de clase) de quienes intervienen en los intentos por fijar un sentido de lo alternativo, en tanto responde a condicionamientos sociales más profundos. Y que no implica en su enunciación desarrollada en este caso que la batalla por el signo ideológico deba perseguir la “exclusividad” del uso del término, dado que, por un lado, eso lo daría por muerto y, por otro, sería imposible en tanto esa disputa depende, en última instancia, de la propia existencia de las clases en pugna. Tampoco de desechar o desestimar de por sí el conjunto de las prácticas comunicacionales que toman directrices de esas definiciones. Se trata de evidenciar, o cuando menos hacer hincapié, en que existe una lógica clasista detrás de la pluri-significación del signo “medio alternativo”. De que se trata de un momento en sí de la permanente batalla por la significación social y de un capítulo muy particular, en tanto se trata de la posibilidad de prefigurar, de pensar y edificar una lógica comunicacional globalmente distinta a la que impone una sociedad basada en la existencia de clases, en la aprehensión desigual de los bienes materiales y culturales y la consiguiente búsqueda de dominación política de los oprimidos por la clase opresora.
                En forma ad-hoc, se impone pensar el peso de estas pulsiones de intereses de clase en el proceso de significación social a la hora de evaluar el propio desarrollo de las experiencias de medios alternativos. 

IV) Una vuelta de tuerca alrededor del efecto Mühlmann y lo contra-institucional a partir del programa de lo alternativo

Vinelli realiza en “Una historia de espectros. Apuntes sobre televisión alternativa comunitaria o de baja potencia en Argentina”  una reposición del devenir dispar de algunas de las primeras experiencias de TV alternativa en nuestro país, como ser Canal 4 de Alejandro Korn, Canal 4 de La Plata y Canal 4 Utopía, así como también del desenvolvimiento de la Asociación Argentina de Televisoras Comunitarias (AATeCo). Para la autora:

            “los casos reseñados permiten vislumbrar -aunque en sus cruces y no como tipos puros-, algunas de las diferentes tendencias en que el proceso se desarrolló: desde las televisoras que priorizaron lógicas de organización y gestión microempresarias centradas en intereses económicos y creativos individuales, hasta aquellas que se plantearon como alternativas y comunitarias, rompiendo con el modelo televisivo hegemónico y convirtiendo al público destinatario en agente activo del proceso. Pasando, también, por las prácticas televisivas que buscaron hacer lo suyo en un marco que podría caracterizarse como de complicidad semi institucional. Obviamente el camino fue más difícil para las emisoras convencidas del rol social que el medio debía cumplir: así lo demuestran los siete años de resistencia del Canal 4 Utopía y los constantes allanamientos para las televisoras que militaban un discurso y una práctica opositora.” (Vinelli, 2005, p.29)

Luego agrega:

“El recorrido que va desde la fiesta inicial, con todos sus matices, hasta el decaimiento generalizado de mediados de los noventa, puede ser leído de este modo a partir de lo que el francés René Loureau llama efecto Mühlmann; un fenómeno que arranca con la fuerza combativa de lo instituyente arremetiendo contra lo instituido pero que si no se acompaña por una forma de acción contrainstitucional termina por sufrir un proceso de institucionalización que arrastra a las fuerzas sociales ‘a diluirse y negarse en forma tal que reproducen a las restantes fuerzas sociales institucionalizadas’” (Vinelli, 2005, p.30)

Podríamos agregar, retomando el apartado previo y junto a Loureau -para después señalar un discernimiento-, que:

“la contrainstitución no puede costearse el lujo de ser o de pretender ser unaalternativa si no dispone de un mínimo de medios, o si se contenta con utilizar el modo de acción contra-institucional en un sector limitado de la práctica (…) cualquier intento contra-institucional que se las arregle para no concernir más que a un aspecto fragmentario de la vida cotidiana, pertenece más o menos a la fase que he denominadoestética.”3

La recuperación que utiliza este autor libertario de las nociones de lo instituido, lo instituyente y lo contrainstitucional, aporta consideraciones a la hora de pensar los medios alternativos en tanto nuevas formas de autoorganización que, para efectivamente oponerse al orden existente, debieran estar en una permanente renovación y puesta en batalla de sus lógicas operacionales con las de las formas organizativas existentes. Algo que, contrastando la dilemática relación de los nuevos medios comunitarios del conurbano bonaerense -con su apuesta restringida por nuevas formas de participación y comunicación- con la estructura partidaria del Partido Justicialista de la provincia, logra entenderse con mucha más claridad (Vinelli, 2005).
Ahora bien, claramente sin considerar el siguiente comentario como supletorio de un análisis mucho más profundo y problematizado, considero, en resumidas cuentas, que los propios ejemplos sobre los cuales Loureau edifica su teoría (como ser la Comuna de Paris, la revolución rusa y los acontecimientos de Kronsdat, y las emergencias de la República Española), no pueden ser explicadas sobre la base de la búsqueda de una mera ley esencial del desenvolvimiento suprahistórico de los imaginarios sociales y las instituciones en que sedimentan su devenir, sino en las propias relaciones de fuerza, de las clases sociales que dan vida corpórea a esos imaginarios y que son la carne sobre la que se asientan los triunfos y derrotas. Las instituciones son creadas por esos sujetos sociales en el marco de sus batallas y respondiendo a finalidades específicas. La capacidad de integración de lo instituido -esencialmente el poder político de una clase sobre otra- sobre lo que intenta construirse como instituyente, responde justamente a su capacidad  de opresión, coerción, negociación y convencimiento, que se mide en batallas con resultados concretos 4.
En el caso de la problemática que aquí estamos abordando, considero que, para mejor entender la asimilación de medios que llevan adelante prácticas comunicacionales en algún punto alternativas a las lógicas del mercado y el propio Estado, es necesario entenderlas a partir de su posicionamiento y práctica política. De la mano, entender que el “programa” que defienden los medios comunitarios, alternativos y populares tiene en su realización una necesaria imbricación con el nivel de movilización de los trabajadores y los sectores populares, dado que su implementación no es parte de la agenda de los intereses del Estado y los sectores más poderosos del capital privado, nacional y trasnacional. Lo que es lo mismo que decir que, se lo propongan o no, conciente o inconcientemente, por lo que los medios alternativos, comunitarios y populares luchan no encuentra una posibilidad de realización plena en los márgenes del capitalismo contemporáneo. No hay posibilidad de vencer a las lógicas comunicacionales de los medios masivos sin un cuestionamiento de su propiedad en manos privadas y su puesta al servicio de la búsqueda de ganancia. No hay posibilidad de acceso de toda la población a las nuevas tecnologías en el marco de una sociedad que no garantiza el acceso a niveles básicos de comida, alimentación, vivienda y educación. No hay posibilidad de puesta en marcha verdaderamente instituyente de nuevas formas de organización y deliberación horizontales en el marco de un Estado que fomenta la despolitización, cercenándola a la participación electoral, y que reprime y persigue a las construcciones políticas, sindicales y culturales que lo desafían. Y la lista podría seguir.
El apoyo coyuntural que los medios comunitarios puedan recibir desde el Estado o sectores del capital privado, debería ser entendido, siguiendo esta clave, justamente como un intento por institucionalizarlos, por imprimirles la lógica de la organización burocrática del Estado y la aceptación de lo dado como lo único posible. Por ende, dotarlos de un horizonte de resignación y aceptación de la miseria de lo posible que abona a la cada vez mayor concentración de la riqueza en menos manos. Lo cual no implica negar la importancia de conquistas parciales que se puedan alcanzar, sino más bien, entenderlas en el marco de un Estado que juega el rol de amortiguador de los intereses contrapuestos entre las clases y un capital que se ve obligado por la correlación de fuerzas a ceder con una mano lo que intentará recuperar con la otra.
Retomando el hilo previo, no es casualidad, como se señala en el artículo de Vinelli, que las prácticas de Canal 4 Utopía hayan sido las más perseguidas, como así tampoco es casualidad que hoy tengan preferencia a la hora de recibir licencias los medios ligados al oficialismo del poder político de turno. Pero tampoco es casualidad la persistencia de experiencias de comunicación alternativas que se autodefinan e inscriban en una búsqueda política de superación de los límites de la sociedad capitalista; que se multipliquen al calor de períodos de gran movilización social como el pos 2001 argentino; que liguen sus prácticas comunicacionales a las luchas que dan los sectores populares; que intenten aportar desde sus miradas a la constitución de herramientas políticas, con independencia política del Estado y los partidos del régimen; que busquen ligarse de una u otra forma entre sí para amplificar su nivel de alcance; que innoven en la estética sobre el complejo filo que separa a la vanguardia política de la vanguardia estética en pos de su mayor visibilidad y acceso de los sectores a los que pretendan llegar. Pareciera que es esa apuesta política la mayor garantía anti-asimilatoria y contra-institucional que los medios alternativos pueden esgrimir frente al poder de los medios tradicionales, el mercado y el Estado.
El desarrollo de los medios alternativos al margen del imaginario conceptual con el que se liguen, reafirmamos entonces, no se cocina en su propia salsa, la de su práctica particular comunicacional-discursiva, sino que se encuentra, a nivel histórico, ligado a los avatares de la lucha de clases.

V) Los medios alternativos y la izquierda partidaria

De lo anteriormente desarrollado podría pensarse que necesariamente la práctica de los medios alternativos debería tender a empalmar con la política desplegada por los partidos que en su programa político coinciden con los elementos esenciales de la lucha que llevan adelante aquellos5. Sin embargo, es posible señalar algunas de las tensiones que, al margen de las intervenciones coyunturales, han hecho más compleja esa relación.
De más está retomar aquí todas las críticas que fueron enumeradas en el tercer apartado respecto de cómo algunas teorizaciones e intervenciones de comunicación alternativa, en particular las que no centran su entendimiento de lo alternativo en una edificación anticapitalista, se posicionan en forma crítica hacia los partidos, sea por su verticalismo, vanguardismo, falta de entendimiento de las particularidades nacionales, culturales, etcétera. Sólo al pasar, quizás pudiera ser señalada una respuesta recíproca por parte de algunas edificaciones de la izquierda partidaria, como ser, la negativa de considerar la propia prensa como un medio alternativo, debido al hecho de considerar que éstos sólo buscan construir “otra” comunicación, en contraposición de la voluntad de construir “otro” polo político de las publicaciones partidarias (Gandara, 2004). 
De esta última intervención, sin embargo, puede empezar a hilarse una tensión más profunda. A saber: partiendo de una caracterización de la situación de descomposición del capitalismo, de generación de miseria y pauperización creciente, y de la desembocadura de ello en recurrentes estallidos de movilización y concientización política, los partidos de izquierda vuelcan jerarquizadamente sus fuerzas existentes a la intervención en esos conflictos, buscando protagonizarlos y lograr fortalecer la constitución de una herramienta política que se considera  condición sine qua non para los cambios profundos que la sociedad requiere. Esto los lleva a no tener como prioridad la pelea cultural, contrainformacional (Vinelli y Esperón, 2004) y de pelea por la subjetividad que sí se proponen en términos generales realizar los medios alternativos; y que la propia tradición de izquierda que se reivindica como tal sí desenvolvió en una época histórica en la que las contradicciones del desarrollo del capitalismo no se habían terminado de expresar en su completitud, como ser la experiencia del enorme Partido Socialdemócrata de Alemania de fines del siglo XIX y principios del XX. La construcción de herramientas comunicativas partidarias se liga en todo momento a aquella orientación.La prensa partidaria, en términos generales, no se propone intentar “dar vuelta” la agenda propuesta por los medios masivos, sino intervenir críticamente sobre ella, y su horizonte es el de hacer crecer la llegada de la organización; su eje esencial es, ante todo, servir de organizador colectivo de la propia actividad del partido en su búsqueda de ligazón de sectores de masas.
De estas definiciones, puede pensarse, surgen luego disparidad de trayectorias individuales y de colectivos diversos que, obviamente, exceden lo que aquí podría ser reseñado. Pero resulta interesante reponer como ejemplo la disparidad de opiniones de cara a la discusión que impuso la elaboración del proyecto y la posterior aplicación de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, hecho tan caro al conjunto de las medios comunitarios, alternativos y populares. Nuevamente, a los fines de hacer viable el análisis y la contraposición, se tomarán de referencia a las intervenciones de la Red Nacional de Medios Alternativos (RNMA), por su representatividad, pero también por su posicionamiento crítico, con más puntos de contacto con lo señalado por los partidos de izquierda que con los posicionamientos de medios y colectivos de medios y prensa más ligados al oficialismo, cuya posición fue más cercana al apoyo total a la iniciativa del gobierno. En el mismo sentido, el espíritu de lo que sigue no se encuentra en el análisis de la propia ley, sino en los posicionamientos políticos frente a ella.
La RNMA había albergado en su seno -sobre la base de proponerse luchar por la derogación de la Ley 22.285-  distintas visiones: tanto de posicionarse luego por una nueva ley que regule la actividad de los medios alternativos o, más bien, de negar la necesidad de una ley que regimente la circulación de mensajes en la sociedad6. Sin embargo, al momento en que -en el marco de su pelea con el Grupo Clarín- el kirchnerismo empezó a hablar de retomar los 21 puntos señalados por la Coalición por una Radiodifusión Democrática para reglamentar una ley que deje atrás a la ley impuesta por la última dictadura militar, la RNMA se propuso intervenir y coordinar con la mayor fuerza posible para intentar conseguir el marco más acorde posible a las necesidades de los medios alternativos, comunitarios y populares. Así intervinieron en los distintos foros que se dieron el país, como también en las audiencias en el Congreso, y publicaron declaraciones que entendían al proyecto como un piso superior al cual se contaba hasta el momento, cuyo contenido podría ser resumido en su título: “queremos la ley, pero con nosotros adentro”. Ante el hecho de que la ley finalmente aprobada no contuviera contemplados los puntos centrales de sus reclamos, sacaron una declaración que empezaba: “no estamos en la Ley pero existimos”. Esencialmente haciendo eco en lo problemático y desigual de cómo había sido definido el 33% del espectro por el que debían competir con entes como la CGT o la Fundación Noble. Y haciendo referencia a cómo, ante el desamparo al que los ciñe la nueva ley, quedaban víctimas de la voluntad del poder de turno.
Por su parte, los partidos de izquierda desde un primer momento señalaron una negativa a apoyar al proyecto de Ley. En general, se trata de organizaciones que no apoyan ninguna medida de un gobierno capitalista, tanto por sus habituales contenidos, por las limitaciones que encuentran incluso en los proyectos entendidos como progresistas por gran parte de la sociedad y en pos de no ayudar a aumentar la legitimación política de quién ocupa el poder del Estado. La excepción a esta “regla” se encuentra en aquellas legislaciones que son un producto de una lucha concreta que conquista un determinado derecho a partir de construir una correlación de fuerzas favorable que se ve cristalizada en una ley. Justamente este punto les era achacado, en algunas de las polémicas desatadas, por sectores de medios alternativos, quienes hacían referencia a que, con sus limitaciones, esta ley surgía de los años de peleas que se habían librado contra una regimentación que dejaba en la ilegalidad a los medios sin fines de lucro. Lo que terminó por tener más peso a la hora del rechazo, sin embargo, fue el carácter regimentador que se veía detrás de la ley. Una relegitimación del poder del gobierno de turno, su ubicación en las nuevas entidades constituidas, su ubicación en la instancia última de otorgamiento de licencias, su manejo discrecional de los fondos, en suma, la voluntad de fortalecer el poder mediático del oficialismo, frente a una coyuntura en que gran parte de los medios masivos privados de mayor peso habían dejado de coincidir en sus intereses con los del gobierno nacional. No por casualidad, en la totalidad de las prensas de los partidos fue citado profusamente el artículo “La libertad de prensa y la clase obrera” de León Trotsky donde, desde México, el revolucionario tomaba posición contra los ataques a medios privados desplegados por el gobierno de turno y sus aliados entre la clase trabajadora. Señalaba allí que toda legislación restrictiva, así sea elaborada en pos de un conflicto particular con un sector de la burguesía, sería luego inevitablemente puesta en marcha contra la clase obrera.
Aquel diagnóstico está en tren de comprobarse. Lo que ya es un hecho tras la aprobación, como lo señala  Javier Torres Molina en su trabajo “La ley de servicios de comunicación audiovisual y los medios comunitarios” (Torres Molina, 2010),  es que los medios alternativos siguen teniendo enormes dificultades a la hora de poder acceder a su legalización y que, por el contrario, continúa aumentando el caudal de medios adictos al oficialismo de turno.
En ese marco, la izquierda partidaria y la RNMA volvieron a tener un punto de contacto a partir de la Coordinadora en Defensa de la Comunicación Alternativa, Comunitaria y Popular, constituida a partir de la necesidad de intervenir en defensa de medios atacados por sectores privados y/o ligados al gobierno nacional. En ese momento se trataba del Canal 13 Giramundo de Mendoza y AM 770 de la Ciudad de Buenos Aires. Y que hoy se reaviva en los necesarios reclamos, tras publicarse los elevadísimos costos y requisitos de los pliegos para los “medios sin fines de lucro”. Experiencia que, tras los puntos encontrados alrededor del debate respecto de la LSCA, quizás sirva para empezar a retomar un camino que los partidos de izquierda y los medios alternativos debieran transitar mancomunadamente.

VI) Conclusiones

Se definió la tensión alrededor de la definición de “lo alternativo” como un momento muy particular en la disputa por la fijación de sentidos que despliegan en el plano de los signos ideológicos las clases en pugna. En ella se encuentra inscripta la potencialidad, o no, de pensar y prefigurar formas comunicacionales que en un modo global sean distintas de las que imponen las relaciones sociales que constituye una sociedad organizada en torno al mercado y a la búsqueda de ganancias. Prácticas que, en suma, se propongan ser parte de las peleas que cotidianamente dan los sectores populares contra las consecuencias que impone ese régimen, y que lo haga desde una perspectiva anticapitalista. Así, se intentó resignificar -o al menos pensar desde otra perspectiva- los distintos desplazamientos que se dieron en el campo respecto de este tema, entendiendo que en tanto se dan en el contexto de una sociedad escindida en clases sociales que dan una batalla por el significado con que se imponen los signos, no puede ser entendida la discusión como meramente teórica o discursiva. Y así, tras la posición que asume como dado e infranqueable ese régimen social, que no plantea la necesidad de trascenderlo, es plausible de ubicar los intereses de clase de quienes, como afirma Mattelart, deben intentar imponer este orden como el único posible.
Por otro lado, se planteó que los horizontes que persiguen la casi totalidad de medios que se entienden como alternativos, comunitarios y populares chocan de lleno contra la realidad material que impone el capitalismo en su fase actual. Y que, por ende, tiene una ligazón vital para el propio desarrollo de esos medios -y contra los intentos de lo instituido por absorberlos bajo sus lógicas- su imbricación con las peleas que cotidianamente se dan contra ese régimen social, político y económico.
Entiendo que desde estos dos lugares es posible sumar conceptos y problematizaciones a los frondosos debates que se sucedieron en torno la definición de lo alternativo. A la vez que aportar a un análisis que permita dar cuenta de la vigencia e importancia de la perspectiva primeramente denominada como “marxista-totalizante”, en lo que hace al desarrollo presente y a futuro de prácticas comunicacionales plenamente alternativas.
Por último, se intentó reponer algunas tensiones dentro de la relación entre el campo de la comunicación alternativa y los partidos de izquierda que comparten un horizonte de transformación radical de la sociedad. La apuesta en ese sentido puede definirse a partir del artículo señalado con anterioridad:
“Es esencial emprender una incansable lucha contra la prensa reaccionaria. Pero los obreros no pueden permitir que el puño represivo del estado burgués sustituya la lucha que ellos libran por medio de sus propias organizaciones y de su propia prensa. Hoy, el estado puede aparecer como bondadosamente dispuesto hacia las organizaciones obreras; mañana el gobierno puede caer y caerá inevitablemente en manos de los elementos más reaccionarios de la burguesía. En ese caso, cualquier legislación restrictiva será lanzada contra los obreros. Sólo aventureros que no piensan más que en las necesidades del momento serían capaces de no tener en cuenta este peligro. (…)El modo más efectivo de combatir la prensa burguesa es extender la prensa de la clase (…) El proletariado mexicano debe tener una prensa honesta que exprese sus necesidades, defienda sus intereses, amplíe su horizonte y prepare el camino para la revolución socialista en México.” (Trotsky, 1938)
Considero necesario ampliar, en todo caso, el sentido de “Prensa” allí dado. Por un lado, por los obvios avances tecnológicos en nuevos dispositivos que exceden por lejos la propia publicación impresa. Pero también en tanto la propia revista Clave que Trotsky impulsa allí, no es en su totalidad una publicación completamente orgánica de los partidarios de la Cuarta Internacional en tanto prensa leninista. Y, por otro, en tanto la fragmentación de experiencias políticas y comunicacionales hace imposible pensar que tamaña tarea allí señalada -enfrentar a la prensa reaccionaria y preparar el camino de la revolución socialista- pueda ser llevada a cabo por una única organización política o constelación de medios alternativos. Más bien, creo, se trata de abrir, desde la tradición teórica repasada en estas líneas, interrogantes sobre la forma en que estas organizaciones, con una diferencia táctica acerca de cómo intervenir en la situación política, de dónde priorizar las fuerzas militantes existentes, pero con un mayor acuerdo en el horizonte político estratégico, pueden acercar posiciones e intervenciones.

Notas
1 El presente desarrollo fue producto del cursado - y la elucidación propia consecuente- del Seminario de TV Alternativa llevado adelante por Natalia Vinelli.
2 Se grafican múltiples ejemplos en el trabajo primeramente citado de Vinelli.
3 La noción de “reflejo” aparece en Lenin con mucha fuerza en el debate contra un ala Kantiana que surgió dentro del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso que se refleja en el trabajo Materialismo y Empiriocriticismo. Trabajo cuyas conclusiones se acercan al positivismo, y que el propio Lenin va a criticar tras su apropiación del pensamiento dialéctico de Hegel, ausente en aquella polémica. Una interesante reflexión sobre este desplazamiento la encontramos en ZIZEK, S. (2003): “Revisión del materialismo”, en A propósito de Lenin, política y subjetividad en el capitalismo tardío, Atuel, Buenos Aires.
4 La referencia a lo “estético”, en oposición a lo “ético”, se realiza en función de retomar a Kierkegaard y su asimilación con lo “juvenil” y lo “serio”, respectivamente.
5 Respecto de la experiencia paradigmática de este debate, es posible señalar que ni menos centralismo y más democracia, ni Lenin, ni la politización del Partido Bolchevique hubieran servido de vacuna contra-institucional frente a la tendencia a la burocratización del propio partido y el Estado. Eso se encontraba, en todo caso, determinado, por el triunfo o no de la revolución socialista en Europa y el resto del mundo. TROTSKY, L. (2008) La revolución traicionada, Antídoto, Buenos Aires.
6 A los fines de la síntesis y de hacer posible el análisis, nos circunscribiremos en esta referencia a los partidos políticos nacionales de la tradición proveniente del trotskismo, como ser los que conformaron el Frente de Izquierda y los Trabajadores en las elecciones de este año (PO-PTS-Izquierda Socialista). De esta forma es posible contar con una corriente de pensamiento homogénea, al menos en los puntos a señalar.
7 Ver por ejemplo las resoluciones del plenario general de la provincia de Buenos Aires de la RNMA de 2005. http://www.rnma.org.ar/nv/index.php?option=com_content&task=view&id=19&Itemid=29
8 Prensa del entonces Partido Comunista Mexicano dirigido por Lombardo Toledano.

Bibliografía
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martes, 5 de junio de 2012

Revista Sinécdoque Nº2 | "El escondite perfecto" (Escribe Gisele Calvo / Ilustra Matías Costilla)


El escondite
perfecto
Escribe Gisele Calvo
Ilustra Matías Costilla

Mañana te paso a buscar para jugar a las escondidas”, le dije despreocupado mientras Eloisa se iba en el auto con su papá. Se veían cansados, tristes. Ella ya no jugaba como antes, era bueno que saliera un poco a pasear. Nos habíamos conocido meses atrás, cuando empecé a tomar clases de francés con la señorita Ana. Me fascinaba esa casa vecina de techos altos, con pisos de parquet bien lustrado y numerosos recovecos donde escabullirse a la hora de la siesta. Me quedaba ahí todas las tardes porque papá siempre tenía que trabajar.
Jugábamos desde que terminaba mis deberes hasta que la llamaban por la extraña escalera caracol que iba para el sótano. A medida que Eloisa bajaba los escalones, con sus zapatos de charol gastados, su cara se iba haciendo más opaca, hasta que ella desaparecía por completo. Entonces la señorita Ana cerraba la puerta rápido y la tapaba con un perchero de pie repleto de carteras y bufandas y tapados de piel. “Es nuestro secreto ¿eh?”, me decía siempre.
En las tardes me pasaba horas pintando mapas del colegio. Líneas bien gruesas para separar los países y puntitos ordenados para separar los estados. “Que no se mezcle nada. Nada tiene que juntarse” cacareaba todos los días la maestra de geografía con su peinado tirante y la cola de caballo que le llegaba a la cintura. Por eso odiaba tanto pintar. Por suerte Eloisa era buena pintando, así que ella me ayudaba con la tarea y yo le enseñaba a jugar a las escondidas.
En eso sí que era un experto. Me escabullía por todas partes y hasta sabía aguantar la respiración para que nadie me encontrara. Nos divertíamos con la condición de no salir nunca y correr al ático si alguien entraba a la casa.
El papá de Elo no salía mucho de su escondite y cuando lo hacía parecía invisible. Tenía aureolas azules alrededor de sus ojos y su piel era casi blanca, casi transparente. Nunca hablaba. Nunca se reía. En cambio papá era un hombre muy divertido, tenía muchos amigos y vivía de reunión en reunión. Me gustaba verlo descansar en su escritorio, leyendo el diario y fumando una pipa como la de Sherlock Holmes.
Yo no sabía muy bien de qué trabajaba. Escuché decir al abuelo que se dedicaba a cazar animales. Eso era muy peligroso y me daba miedo. A veces lo llamaban y tenía que salir a las corridas. Tenía tanta rabia de que no me prestara atención, que prefiriera andar con esos hombres verdes.
El que se llevaba todo mi desprecio era un alto con ojos de serpiente. Era bruto y tenia cara de malo, no sé cómo a papá le gustaba pasar tanto tiempo con él. Una vez en el almacén una señora le susurró “Gorila” a sus espaldas. Pero el tonto ni se dio cuenta.
El enojo me cansó, así que una semana antes de navidad le conté a papá de mi nueva amiga. Para que reviente de los celos, para que pase más tiempo conmigo. Creo que funcionó. Nunca antes me había escuchado de esa manera. Me prestó atención en cada detalle de lo que le dije y saboreó mis historias de mapas de colores y juegos de escondidas. Me preguntó de todo. Creo que estaba celoso de Eloisa.
Ese mismo día a la tarde el hombre con ojos de serpiente agarró al papá de Elo y a la señorita Ana por los hombros, les dijo algo al oído y los acompañó hasta el auto verde. Tal vez no era tan malo después de todo. Algunos vecinos miraban intrigados, pero nadie se acercó a saludarlos. Papá observaba todo desde la ventana de casa y ni siquiera salió a despedirse de mi amiga. Así funcionaban los celos. Después de todo, era lo que yo quería.
Pensé que no iban a irse muy lejos porque no se llevaron ni pelotas, ni equipos de mate, ni valijas, ni bolsos. Nada. Yo esperaba que ella pudiera descansar. Sin embargo nunca más la volví a ver. Los días se acumularon, formaron meses, veranos, años. Creo que ahora juega mejor que yo. Seguro que encontró el escondite perfecto y sigue escondida esperando que la vaya a buscar.
-Mañana te paso a buscar para jugar a las escondidas- le dije despreocupado mientras ella me miraba con sus ojos de globo terráqueo y subía al auto.
-Pobre animalito de dios- dijo mamá llevándose su pañuelo de seda la boca.
-Animalito no, ma, es Eloisa.

lunes, 4 de junio de 2012

Revista Sinécdoque Nº2 | "19/20. Variaciones sobre el fragmento" (Escribe Gastón Sena / Ilustra Max Pérez Fallik)


19/20
Variaciones sobre
el fragmento
Escribe Gastón Sena
Ilustra Max Pérez Fallik


De noche, los estanques se ponen de pie y dicen: “ya no estamos muertos”. Se ponen de pie y juntan el agua alrededor de ellos, en pliegues. Al irse, dejan un hoyo inmenso, ruedan y se resbalan, inclinados como barriles, altos como catedrales, por carreteras donde de día circulan tantos coches, conducidos por ciegos con lentes verdes.

En las madrugadas, los estanques, límpidos al principio, se revuelven y sacan cosas a la superficie (hormigas). Abrumados por ese peso, dicen: “nos vamos mañana temprano; sí, mejor mañana”. De allí que al amanecer todos hayan regresado a su hoyo, apartando a los rosales. Pero cuando hay patos en los estanques, ¿cómo hacen todo esto?
Henri Michaux


Mirar en el fondo de los sueños / la estrella que palpita […]
Eras tan hermosa / que aprendí a cantar
Vicente Huidobro


¿Qué fue el 19/20? Dice Paolo Virno en alguna parte que, no importa de quién se trate, habiendo sido partícipe en el rugir de la batalla, se pertenece a un ciclo de luchas. La memoria de las luchas, qué duda cabe, es, asimismo, una herencia a ser resguardada. Empero, esto no debe ser asimilado a las momias de un museo, o a polvorientos libritos rojos y negros. Parafraseando a Walter Benjamin podemos decir que la memoria de las luchas nos remite a la consistencia propia de un recuerdo tal como éste refulge en un instante de peligro. Es posible, pues, haber hecho experiencia de múltiples emergencias del antagonismo, haber tomado parte en él, haciéndolo ser para (y por) nosotras/os, sin por esto dejar de permanecer anclados en el crepitar de unas imágenes que persisten –como el barrio aquél del tango, al que, se nos dice, siempre estamos llegando- en sernos una redundante presencia.
Si esto es cierto, entonces, será posible vislumbrar un acontecimiento originario del movimiento real, histórico. Esta cifra, que, se ha dicho, remite a flujos de imágenes, se nos mostrará cada vez en singular manera. Esto es, como experiencia ya no solamente de algo sino también y sobre todo de alguien. Hay política en aquello que atañe a un modo de dejarse afectar por alguna cosa. Es la calidez del afecto antes que la fría y calculadora conciencia quien pone en funcionamiento máquinas de guerra contra la servidumbre. Hay que poner atención al gobierno de los cuerpos ya no como si de simples mecanismos des-personalizados se tratase, tecnologías exteriores a los cuerpos. El gobierno de los cuerpos se nos aparece un gobierno de los afectos. Las variaciones emotivas refieren a específicos modos de ser-en-común. Y aquí también ser radical es tomar las cosas desde la raíz. Empero, aquí la raíz, que, es sabido, es (patriarcalmente) el hombre, se confunde con las tecnologías de normalización del común. El dominio imaginario del capital se nos muestra así en todas y en ninguna parte, ocupando lo más profundo de la psiquis –esa producción maquínica-, incrustándose como un artefacto semiótico de gobierno.

Remitir a (las escurridizas imágenes de) un acontecimiento originario del movimiento no es reductible a un lenguaje heredado por fuera de toda experiencia vivida, aquello que en la jerga militante-limitante (y, al decir de Giorgio Agamben, toda jerga es una forma de vida) se suele llamar tradición y que, no pocas veces, por ser un lugar común del pensamiento, resulta impensable, incuestionable –palabras arrugadas a la sombra de su propio peso muerto-. No hay que obturar la máquina de la imaginación creadora, repitiendo obsesivamente la eterna cadencia de lo mismo –y las imágenes pueden aparecérsenos como bloqueos y ya no como meras presencias que están ahí, como obstrucciones al flujo creativo y ya no como piquetes que cierran la ruta pero abren el camino-. La memoria de las luchas se transmite en su apertura constitutiva a la indeterminación de la potencia, es decir, a sus variaciones en sus modos de ser-así. La invención de lo común actualiza la máquina delirante, onírica, la saca de quicio, la vuelve loca.

Hay para quienes una lucha ha dejado marcas tan profundas que se inscriben en la experiencia más recóndita de lo propio. Empero, como en toda experiencia de un cuerpo, enlazada, asimismo, con sus fantasmas, ser del 19/20 tiene sus ambivalencias. Tampoco el recurso a la economía nos aclarará del todo aquello. Hay que comer, sí. Pero en ninguna parte existe la pura economía por fuera de una significación humana, extrañada a un inextricable nudo de intencionalidades vividas que se componen y alteran mutuamente. Nada hay allí de transparente, por el contrario, nunca asimos el esto sino en el lenguaje, su tener lugar, o, si se prefiere, el modo en que un fenómeno se nos aparece está constitutivamente entramado por la opacidad. El tener mundo es un estar envuelto en un enigma. Tal lo dicho acerca de la casa aquella que hiciera las delicias de la fenomenología, al fenómeno sólo podemos acceder desde alguno de sus lados, y ya no, desprendiéndonos del plano, desde todos y/o ninguno de ellos.
 
Preguntar en torno al 19/20, ineludiblemente, remite, además, a una subjetivación –o, lo que es lo mismo, a una producción de un específico modo de hacer-pensar, de hacer-ser y de estar-siendo-. Haber hecho experiencia de aquél acontecimiento algo ha dejado en nosotras/os, algo que, aún a riesgo de ser redundantes, diremos, nos ha alterado, afectado. Esas imágenes son intransmisibles, un cuerpo difuso, inaprensible más que por otras imágenes. Algo de todo esto quizás haya intuido André Breton al suprimir –y aconsejar hacerlo-, en su novela Nadja, toda descripción, poniendo en su lugar “abundante ilustración fotográfica”, esto es, algunas imágenes. Hemos sido del 19/20 y, cualquiera sea la eventualidad, seguiremos arrastrándolo en torno nuestro, haciéndolo ser para nosotras/os aquello que, pareciera ser, siempre ha sido –y de lo que, sin embargo, nada podemos saber-. El 19/20, asimismo, es un fondo en el que nosotras/os emerge, se inventa. Un fondo común donde las variaciones singulares tienen lugar y se componen mutuamente. Porque es en el ser dicho donde la potencia nos muestra su rostro, aquello que se puede. Participar en el rugir de la batalla es, así, corear polifónicamente el rugido aquél, ser parte de los muchos, irreductibles a lo Uno, encabalgarse en sus resonancias.



Introducción al discurso sobre la poca realidad
 
¿Cuál de entre todos los 19/20? ¿Aquél de los ahorristas estafados por los bancos y el Estado?, ¿el conspirativo y duhaldista?, ¿el de nuestra temerosa progresía, aferrada a la añeja fotografía de un Estado-padre por el que siente una fascinada nostalgia?, ¿el de la calle?, ¿el del palacio?, ¿el de los piquetes?, ¿el de las cacerolas?, ¿el de los piquetes y las cacerolas?, ¿el de la clase media porteña arruinada?, ¿el de los muchos que castigaron a la clase política mediante el voto bronca, la abstención, el voto nulo y/o en blanco?, ¿o el del colectivo llamado 501?, ¿el del piquetero de zona sur del conurbano bonaerense, que ya gestionaba sus bolsones de alimentos al Estado, logrados a costa de las luchas del 97’, que asediaron las vías de acceso a la fortaleza porteña?, ¿el de los saqueos que, a pesar de los bolsones ya mencionados, batía la desesperación contra las armas de ese mismo Estado?, ¿el del pequeño comerciante de barrio que también blandía sus armas contra los desesperados que, mediante el saqueo, interrumpían el ordenamiento policial de los cuerpos?, ¿el de las fábricas recuperadas, autogestionadas?, ¿el de la izquierda partidaria?, ¿el de la izquierda no-partidaria?, ¿el de las/os autónomos?, ¿el de las/os libertarios?, ¿el de los movimientos sociales irreductibles a lo Uno?, ¿el de no sabemos cuántas siglas más que Néstor Perlongher debería sumar a su poema Siglas?, ¿el de los vecinos?, ¿el de los barrios?, ¿el de los vecinos y los barrios realmente existentes, que hacen estallar el régimen de la representación (de lo Uno)?, ¿el de los congresos piqueteros, los cortes de rutas simultáneos y sus largas marchas hacia el centro?, ¿el de los múltiples paros de estatales?, ¿el de las revueltas piqueteras en los pueblos del mal llamado interior, sin congresos ni jefes, que hacían suya la ruta, visibilizando la resistencia, (re)inventando lo común?, ¿el del estado de sitio que se metieron en el culo –sépannos disculpar, las multitudes cuando irrumpen e inventan el espacio de lo común suelen ser así de malhabladas-?, ¿el del mediático discurso del ya no aburrido, sino asesino Fernando De la Rúa?, ¿el de ya entrada la madrugada del 20, primeras imágenes de la plaza tomada por las cacerolas –invención del 19/20-, mirando Después de hora?, ¿o el de tantos otros fragmentos irreductibles que se nos escapan, perdiéndose entre la tumultuosa multitud del 19/20 de diciembre?

“La gente está yendo a la plaza”, decía un Hadad estupefacto [etimológicamente, estúpido de facto] en el programa más arriba mencionado. Las consignas se dejaban oír a través del puro medio del medio. El gobierno al mando de De la Rúa, desde el edificio anexo a la casa rosada –el de la SIDE-, ensayaba su acto final. Paradójicamente, hacer uso de la decisión soberana –desatar la muerte- mediática declaración en el medio del estado de sitio, se mostraría insuficiente para soportar su presidencia. Y, es sabido, no sólo se trata de declarar el estado de sitio, sino también, y más importante aún, de, espectacularmente, ponerlo en escena; en su forma de manifestación el estado de sitio [o, si se quiere, de excepción] es el teatro de la representación: nos recuerda la violencia originaria, aquella criminalidad y/o bandidaje que es sinrazón fundante del Estado. Se dice que, en estos casos, no importa qué cosa se decida, sino que, efectivamente, alguien decida. Y De la Rúa, al parecer, era conciente de esta premisa. Aquel 20 de diciembre pasaría a la historia como responsable, entre otros imputados, de las muertes de 38 manifestantes. Lo otro de no ejercer la decisión, según reza la filosofía política, sería la indistinción más pérfida, mas, diremos, ¿para quién? Afirma Georges Bataille que hay una semejanza entre la figura del soberano y el sacerdote; ambos tendrían para sí –dirá- el poder de tocar las cosas sagradas sin gran riesgo. Y sagrado es aquello que es objeto de una prohibición, y por esto mismo separado del uso cotidiano, o, también, que se sustrae al común de los mortales, consagrándose a los dioses. Transgredir aquella interdicción, se nos dice, abre al tumulto de la indiferencia. El fondo de violencia es así una presencia latente que es conjurada (y apropiada) por el orden de la diferencia. Un punto que se desata puede echar a perder la trama, si es que de ella se tironea. Es urgente que sea vuelto a enlazar. Así, pues, en el umbral, sólo el soberano –y, antiguamente, el sacer-dote, que, hemos dicho, se le asemeja- puede hacer uso de la violencia de lo sagrado. “Al sacrificio deben las multitudes su tranquilidad”, dice René Girard, “basta con suprimir este vínculo […] para que se produzca una confusión general”. Empero, es el orden de lo Uno –y no así de las multitudes, que, va de suyo, lo padecen- quién se soporta en este modo de religio, es decir, de mantener separados, distintos a los unos de los otros, asignando a cada cual su preciso lugar. La confusión que aquí es referida, en todo caso, no puede ser otra que aquella de creer que lo que separa, la jerarquía, reúne. Si esta separación reúne, además, si esto así fuese, importa cómo es que lo hace, en qué modo lo lleva a cabo, puesto que los modos de dominio no son reductibles los unos a los otros: no concederemos fácilmente, aplanando toda rugosidad, que sea lo mismo la sangrienta dictadura genocida que la producción maquínica de imágenes-mercancía, ambas configurando una específica gubernamentalidad localizada en una madeja de tecnologías afines. Toda vez que esta distinción tenga lugar, entonces, que, además, como tal sea consagrada, lo Uno podrá reposar a sus anchas en la servidumbre de los muchos. Asimismo, aquí también el gobierno de los cuerpos se nos muestra un gobierno de los afectos. No la muerte del soberano, empero, sino su fuga en helicóptero liberaría la potencia antagonista conjurada en el mando –o, si se quiere, en el monopolio de la decisión-. La ciudad devendría así fiesta desmesurada. Largo rato tomaría reponer el orden de la diferencia –si es que esto ha tenido lugar-, depuesto en las calles por nosotras/os. Los rituales a los fines debieron resumir, a su manera, las aspiraciones del 19/20. Para Hadad, el sujeto de este acontecimiento era aquél privado de mundo y del otro, “la gente”. Pero las multitudes que hacían suya la calle coreando el polifónico grito de que se vayan todos, interrumpían su ser asignadas a un lugar –y, por ende, a una parte-, para hacerse del espacio. Habían dejado en suspenso el dominio imaginario del capital –imaginario, es decir, real-, y su producción industrial de modos de ser, para apropiarse del espacio de lo común. Las consignas no sabían de anclaje referencial alguno. Esto es, no que no remitieran a un objeto que las motivaba, sino que el mismo se componía de muchos objetos, estallando el régimen representacional de lo siempre ya idéntico. Poco importa, asimismo, quién haya esgrimido originariamente la histórica consigna aquella –va de suyo, no sus autoproclamados propietarios-; importa sí que haya sido invención de la inteligencia del común.

Habitaban ese no saber de qué se trata blandiendo su alegría de los náufragos, su práctica de la alegría ante la muerte –y aquí, la muerte de que se habla no es otra que la que el capital resume-; se movían a tientas en la noche, arremolinándose en las calles, haciéndose de los barrios, esquinas y plazas. Al igual que el ser, diremos, el trabajo se dice de muchas formas, se viste de múltiples maneras. Todas estas formas-de-trabajo remiten a aquello que el trabajo puede. Así, con el entramado de la máquina-metrópolis de fondo (que se nos muestra un biopoder), es posible asimilar, sin más, forma-de-trabajo a forma-de-vida, esto es, se trata de un gobierno de los cuerpos y su potencia (que, sin embargo, en el antagonismo encuentra su resto excesivo, inasimilable, que se fuga, sus resistencias que configuran, imperceptiblemente, una política). Incluimos, asimismo, como manifestación de la potencia a aquella fracción del trabajo vivo que, algo arbitrariamente –y nombrar/poner bajo una categoría, se nos dice, es el momento poiético del pensamiento-, daremos en llamar plebeya: trabajo negado, informal, precariado, (no)empleados por la gestión de los ilegalismos como también trabajo no valorizado mercantilmente. La categoría de obrero industrial, formalmente empleada y sindicalizada, y su marxiana centralidad, estalla en una multiplicidad de composiciones del trabajo –mutaciones dentro de las cuales, en su configuración postfordista, las garantías laborales de antaño se ven asediadas por múltiples flancos-. Estas nuevas emergencias subjetivas, o, también, formas-de-trabajo, remiten a la metrópolis como a su fábrica social, es decir, que pululan en el entramado maquínico como virtuales fragmentos de trabajo, siendo activados, valorizados cada vez que el capital así lo requiera, permaneciendo de esta forma a la deriva. La autoproducción del movimiento, o, si se quiere, su resistencia creativa, es un escándalo toda vez que no se deja capturar en los viejos mapas siempre ya trazados, de una vez por todas. Empero, el antagonismo no sabe de palabras autorizadas, de voces de mando, por el contrario, tan sólo sabe de experimentación. Así, pues, nosotras/os hará emergencia como manifestación singular de la potencia del hacer. La metrópolis urbana se nos mostrará el espacio de este despliegue no idéntico. Si es cierto que enfrentamos, molar y reticularmente, una máquina de máquinas, o, también, un biopoder, entonces, el 19/20 es la invención de una biopolítica acorde a éste. Asimismo, la máquina-metrópolis, lejos de mostrarse inmutable, dejaría vislumbrar, impertinente, su rostro antagonista, su inversión maquínica. Tendría lugar (y tiempo, es claro), de esta forma, el microbiano rechazo a la normalización; un espacio de lo público no-estatal, es decir, sustraído a la forma-mercancía y sus modos de dominio. La detención de la máquina de máquinas, aun si efímera, durante aquél corto verano (sí, estábamos tentados de decirlo: de la anarquía, o, también, de la autonomía) mostraría lo que el despliegue de la autoorganización puede. Se confundían en ella las singularidades, estrechaban lazos, armaban instituciones comunes, mutantes, delirantes. La asamblea interbarrial de Parque Centenario pondría en funcionamiento tan sólo una máquina más de un complejo entramado maquínico que activaba y desactivaba sus nodos según ameritara la ocasión. No pocos creerían ver en ella el soviet de los comisarios, ilusionándose en vislumbrar, por sobre el hombro de la multitud autoorganizada, siquiera encarnada en los llamados “mejores referentes” del movimiento, el soporte de un gobierno que fuera expresión popular. La asamblea, en cambio, es presencia para sí misma, nunca promesa. No es por la cantidad de reivindicaciones en su pliego que se mide la (infinita) potencia, sino por el despliegue no idéntico de la autoorganización, por la verificación de la potencia comunal. Empresas y fábricas recuperadas, movimientos piqueteros, asambleístas; las representaciones traicionan esa multiplicidad irreductible –una singularidad sin identidad alguna-, de la que pretenden apropiarse, hablar en su nombre. La asamblea no quiere hacerse del megáfono, ni siquiera de camioncitos desaforados que sustituyan el canto de los muchos. “El viento nos amontonó en una esquina y de pronto ya estábamos pensando en asamblea”, decía Ignacio Lewkowicz. Lo más importante, para éste, sería la experiencia de la potencia común, la configuración de un nosotras/os que no preexistía a su contingencia. “La asamblea es la invención de diciembre”, dirá. El 19/20 fue la invención común de una forma de vid(a) refractaria al capital, una ingobernabilidad de los cuerpos, un instante pleno de insubordinación. Un murmullo en que nosotras/os hace irrupción, un cantar, a veces imperceptible para el lenguaje espectacular, pero que persiste en la memoria de las luchas. Hay sublevación, diremos, parafraseando a Michel Foucault, cuando la subjetividad multitudinaria se florea travestida de historia y le insufla su soplo vital; allí donde haya polifónicas invenciones del común, allí donde el arte de la fuga reúna los cantos en una armónica creación, allí tendrá lugar la ingobernabilidad de los cuerpos, la confusión generalizada que se resuelve en fiesta.

Imágenes que dan qué pensar

El 19/20 es la invención de nosotras/os, decíamos más arriba. Ambos aparecen como acontecimientos que se reclaman: nosotras/os no preexiste a su contingencia, el 19/20, y viceversa. Empero, ¿nosotras/os es igual a Todos Nosotros? El 19/20 es un fondo en el que nosotras/os hace su aparición. Para éste, no existe algo como una idéntica identidad que esgrimir; a tientas, se hace a sí mismo, se muestra en este hacerse, siendo su manera de ser-así. Las imágenes de la revuelta, pues, no saben de reducción a lo Uno, al contrario, se trata de la configuración de los muchos. Nada pareciera enlazarlos más que este despliegue de la potencia, manifiesto en la creación de multiplicidad de instituciones comunes. Es cierto, nosotras/os es muchos, algunos de los cuales no tienen mucho más en común que el mero haber tomado parte en los acontecimientos de diciembre. Pero, ¿qué significa tener algo en común? Una comunidad es, si se quiere, un espacio compartido. El modo en que este tener parte tenga lugar es significativo. No hay afuera de la comunidad, luego, indefectiblemente se tiene parte en ésta. Es por esto que, aquello que Jacques Rancière afirma, a saber, que hay una parte de los que no tienen parte –parte la cual, enfrentándose a lo que llamará policía, y que custodia el orden sensible de los cuerpos, debe ser arrancada: esto es la política-, sencillamente, se presta a equívoco: si se trata de interrumpir una parte que nos ha sido asignada como propia –y se comparte siempre ya un espacio-, entonces, esto no puede ser de otro modo que porque ya se nos muestra, previamente, un tener parte y en modo alguno ausencia de ésta. Es posible referir, asimismo, la rancièreana ausencia de parte a la agambeniana nuda vida. Ambos conceptos-límite, es decir, umbrales de alguna otra cosa, en los bordes de lo humano, se nos aparecen presuponiendo algo –¿un resto in-humano?- que pareciera estar ¿antes del lenguaje?, ¿más allá, fuera o en él? y sobre el cuál cabe ser desatada la violencia soberana –pero que no es otra cosa que una forma-de-vida: ethos-. Las resonancias de este umbral de indiferencia remiten a una experiencia lingüística de lo humano, a su tomarlo a cargo en el lenguaje –sirviéndolo en bandeja- y a su decisión sobre sus bordes que, sin más, deben ser dilucidados, puesto que allí se confina a aquellas categorías sociales que resultan expulsadas –no excluidas, expulsadas- tras el nombre de marginales. Así, toda vez que tenemos parte, compartimos una comunidad, se nos asigna un modo de ser, estar y/o decir, esto es, se nos ordena, policialmente, a reconocernos, identificarnos en todos los tú eres esto –es decir, a habitar la diferencia más arriba referida y que nos es dispuesta por lo Uno, diferencia la cual se nos aparece conjurando el modo de ser-en-común de la multitudinaria asamblea y su fugarse hacia lo indistinto-. Empero, no quisiéramos dar a entender fatalismo alguno en torno a esta parte asignada. El 19/20, invención de nosotras/os, verifica la suspensión por un instante pleno de tiempo-ahora de este orden sensible. Luego, muchos de aquellos se privarán de ir a ver qué pasa en el barrio. ¿Es que acaso nosotras/os tiene miedo? Todos Nosotros hace así su aparición y nos ordena ya dejar de cantar.

Pero volvamos al tener parte. Se comparte un espacio, decíamos, se asignan lugares en él, butacas en el teatro de la representación. Se asumen idénticas identidades que parecieran siempre ya presupuestas: es así, se nos dice, pareciera estar inscripto en las cosas mismas. Tres personas suben a un colectivo: una pareja y un niño en andas. Podemos escucharlos jugar [como niños con el lenguaje] en el fondo del transporte; repiten una palabra que pareciera serles de su propiedad. La palabra tiene música, cadencia, se nos aparece como una forma que se despliega armónicamente en el tiempo: es canción. El padre alza al hijo en sus brazos, lo mece cálidamente y repite aquella oración: gato, gato, gato. El niño ríe y blande aquella palabra que es, asimismo, gesto, un singular modo de ser cuerpo: gato, gato. Advertiremos al lector desprevenido que no se refiere aquí a una mascota, sino a una vivencia carcelaria in-vestida de lenguaje –vivencia que poco importa si ha sido habitada, es claro: es santo y seña, precioso ropaje que ponerse ante y con los otros-. El mismo artefacto semiótico es aquí tergiversado, se lo pone a funcionar en otro sentido. Lo que se presta a confusión es, pues, la letra muerta que aquí es exhumada, arrancada de su fondo de inmanencia. No es la palabra cadavérica de un diccionario, no. Es dicción con desparpajo, reinvención de las formas. Aunque hablando (im)propiamente sólo sería desparpajo si remitiera a un centro que, diremos, no existe más que contingentemente, en la forma de interdicciones en la escuela. Nada importa aquí la real academia española. Las resonancias aquellas remiten a una casa tomada, a una tierra de nadie, a la invención de una mímica plebeya: el lenguaje es bando. Hay, podría decirse, algo como un carné de identidad en ello, un carné que se esgrime mordiendo las letras, torciendo el cuerpo de un modo particular, haciéndolo vibrar así. El pibe que dice gato hace ser un mundo con las palabras en las que se envuelve; en las palabras encuentra un cálido reparo que le resulta ameno, propio: se viste a sí mismo. A quien habita su jerga plebeya (de resonancias originariamente carcelarias) como lo propio de sus significaciones, no se le puede, como en el sketch de Capusotto, Ministerio de Cultura [se sabe: con mayúscula de la Cultura y no de las culturas, es claro, mostrándonos así ese sesgo policial que la cultura esgrime sin ningún dejo de culpa], escolarmente, corregir, obligar a, sin resistencia, dejarse aplastar por la aplanadora discursiva, negando aquella rugosidad de su lenguaje que hace figura sobre un fondo de serialización semiótica, pliegue que le es redundantemente propio, cadencia ésta que, hemos dicho, es su manera singular de ser en el mundo. El Uno y los muchos, pareciera, no saben llevarse más que de las greñas. El Uno expulsando siempre a su resto irreductible: esos otros. Esto es, sin embargo, discutible. Paradójicamente, hay que pensar este rulo discursivo que hace figura como una inasible fuga de sentido propia del ordenamiento policial de los cuerpos que estigmatiza al otro, lo pone en su lugar, nombrándolo como marginal, al borde del precipicio de lo humano, fronterizo mote que, como si de un tiro por la culata se tratase –manifestación que podría ser referida como efecto Bourdieu-, es invertido, desviado por esos monstruosos, mutantes subalternos, apareciendo así, por fin, asimilado como lo propio cuando, por el contrario, se lo quiere idéntico. ¿Idéntico a qué? A aquello que dicta lo Uno en todos los tú eres esto que el andamiaje mediático repone cada vez, es decir, que ordena a cada instante en el crepitar de las imágenes. Pero algo se fuga, decíamos, algo se muestra como separado de ese lugar com/partido que es asignado como propio –se subjetiva, se divierte y reparte de nuevo: ya no hay lugares que ostenten su idéntica naturaleza, al contrario, se nos muestra así el fondo del ser, lo infundado de éste. Lo sólido se desvanece en el aire. Y no se trata de que uno imagine ser alguna otra cosa, chasquee los dedos y mágicamente lo logre; no en esa manera torpe que se atribuye a los constructivistas, a quienes se acusa de olvidar rezarle una plegaria a lo así llamado material. Olvidar lo material, se nos dice, que estaría precisamente ahí, pura imagen sin distancia de lo real, prístina, mientras se olvida que lo imaginario no es por ello menos material, menos opresivo, menos limitante cuando se lo asume como una fatalidad. Ejemplos abundan: el trabajador que va al paro, está a punto de vérselas a golpes con la burocracia que lo vende pero dice ante la cámara interrogante que no es piquetero, quiere trabajar, no es un vago. El joven (expulsado del empleo, no del trabajo, puesto que tiene obra/r) que pide una moneda porque no quiere salir a robar, sino ganarse el panante todo respeto, dice-. El usuario/laburante que ante el molinete liberado por las/os trabajadores del subte se obstina en pagar el viaje –no requiere del palito de abollar ideologías para ello-. No atribuimos por esto ninguna condición esencial –precisamente: se trata de suspender esa identificación que se quiere esencial, pero que, por el contrario, como toda parte, está tendida sobre la nada [sólo pedimos un poco de orden, se nos dice, para protegernos del caos]-, tan sólo son un botón de muestra del policía operando en nuestras cabezas. La nube-cúmulo de lo real se detiene cuando ponemos en suspenso estas sedimentaciones fantasmáticas. Al decir de Maurice Merleau-Ponty, el campo de lo posible no quiere decir nada, tan sólo es una noción estadística. “Lo probable está en todas partes y en ninguna, es una ficción realizada [que], aún cuando no sea una fatalidad, tiene un peso específico”, dirá. La inercia de lo mismo, es claro, es el producto de una intensiva labor de reanudación del lazo, punto por punto, la cáscara de las costumbres que nos envuelven –y, se sabe, rascando la cáscara no pocas veces se hallará un fascista-, ese mal hábito soportado en múltiples significaciones –que son, asimismo, prácticas- que nos enseñan nuestro preciso lugar en el mundo. Todo un continuum tecnológico conspira para que esto así sea. Levar anclas se nos aparece, pues, como la tarea más difícil. De nuevo, entonces, ¿qué es aquí ser diferente? Es blandir la parte de lo siempre ya idéntico y sobre ella, en sus bordes, tironeando del ovillo maquínico, forzando un contrapunto, inventar alguna otra cosa. El límite aquí, como en lo concerniente a tantas otras cosas –y se nos dice que se trata de relaciones entre cosas- no es otro que la gramática de la forma-mercancía y sus formas de dominio sobre y a través de los cuerpos. Más allá de aquella cesura de lo posible la tierra bajo nuestros pies se resuelve en un abismo habitado por imaginarias bestias: es el fin del mundo. Un desierto decretado por apropiadores ávidos de tierras, civilizados moradores de espléndidas ciudades –máquinas de la servidumbre-, amurallados contra las pampas del indio –esas tierras comunales- prestos al genocidio por más y más dominios que acumular. Ha sido largamente contado aquello de la así llamada conquista del desierto, mas no hemos escuchado aún acerca del pecado originario de aquellos, ¿para cuándo en los libros de historia [o, mejor, de mayúscula Historia] la trama de la acumulación originaria en estas pampas? Tras las murallas había mundo, tras el límite del fortín, allende el desierto, dignos habitantes se confundían en un comunal modo de ser. Desoigamos, pues, aquellas palabras grávidas, patrióticas, que nos llaman al orden, digamos, por el contrario, que no han sido hechas para nuestros oídos. Es preciso así pensar lo que se escapa en los relatos homogéneos y vacíos, horadar lo Uno, hacerlo estallar en múltiples relatos menores que nos cuenten una existencia más allá del dominio. El sabotaje se muestra así una bufonesca guerrilla que se carcajea en la cara de las imágenes consagradas –que, ha dicho el poeta, es farándula de clones-; en su lugar sabrá blandir la inversión del juego, la tumultuosa diversión de las multitudes. En los bordes de la madeja aún persiste el silencio que murmura. Enlazar aquella trama inconclusa a la presente es una tarea histórica que reclama habilidosos tejedores, esquiva tarea que, como el cordón del zapato, persiste en desatarse. La tarea reclama, por fin, volver a la faena del bufón. Enlazar lo abierto es la tarea más difícil toda vez que lo que se busca no es ya la pertenencia a lo siempre ya idéntico sino la comunidad de los que son irreductiblemente muchos. Allí donde se diga comunidad, donde la potencia común manifieste su singular rostro –que es invención de instituciones del común-, pues, allí siempre habrá revueltas multitudes. La invención de lo común, asimismo, es lo cotidianamente reanudado pero que persiste en ser invisibilizado, vivido desde el extrañamiento –esa servidumbre en filigrana-.

Y entonces, decíamos más arriba, aparece Todos Nosotros y nos ordena dejar de cantar, qué tanto barullo. Es el tiempo de volver cada cual a su lugar: de la casa al trabajo, del trabajo al living. ¿Todos Nosotros? La inversión del movimiento no poco tiene que ver con las imágenes-mercancía que el puro medio del medio suministra. Decimos inversión y referimos a que su emergencia multitudinaria hoy ha menguado, tomando senderos linderos a lo imperceptible –mas, ¿qué es la percepción en medio del medio?-. Inversión del deseo investido socialmente: lo que antes componía máquinas disidentes, ahora se invierte en consumo, confort, fascismo securitario: se deposita en otros objetos. Lo que no significa que no tenga lugar, por cierto, la resistencia creativa. En los bordes de la ciudad normalizada se manifiesta, aquí en un espacio tomado que resiste al desalojo, allá en una comisión interna antiburocrática, en todas partes donde se nos muestre su rostro, desde la asamblea como experiencia de nosotras/os. En la experiencia del desfondamiento de las instituciones, en la destitución de los relatos decimonónicos –que configuraban al Estado-padre como fondo, y al pueblo-niño como su figura, presuponiendo un tercero, el impersonal capital-, la imagen-mercancía y su narratividad no pocas veces se nos aparece como un reparo en medio de la dispersión de los flujos, y su infinita aceleración destructiva; un anclaje en que configurar alguna subjetividad. Algo que se recorta justo en medio de la nada –el capital, diremos, ha entendido bien la filosofía primera-. “Todos nosotros necesitamos ver –ha dicho Todos Nosotros (y, nos preguntamos, lo que se nos dice que necesitamos ver ¿es Todos Nosotros?), mientras se suceden, una tras otra, series de imágenes-. Todos podemos. Esa es la realidad. Nosotros después la contamos. ¿Quiénes somos nosotros? Todos, especialmente vos. La realidad la hacemos todos, sino no sería realidad. Todo Noticias. Todos Nosotros”. El 19/20, en modo alguno fue desactivado –y no lo fue- por la máquina-espectacular. Las imágenes, qué duda cabe, tienen mucho que ver con aquello –y, va de suyo, el capital-Estado y sus bandos, han sabido crear y explotar imágenes que, en medio del barullo de signos, narren, fabulen, afecten, o, lo que es lo mismo, configuren subjetividad- pero éstas no son suficientes. No obstante, hemos dicho más arriba que el capital, tardíamente, se nos muestra como un gobierno de los cuerpos, que es, asimismo, gobierno de los afectos, es decir, de la percepción, o, también, del miedo. Y si, además, a esto le sumamos la identificación de los muchos al puro medio del medio (y, nos dice TN, Todos Nosotros somos todos –quizás, e indistintamente, también algunos de nosotras/os-), entonces, lo que tenemos entre los que, ambivalentemente, somos nosotras/os es un proceso de privatización securitaria del común, o, mejor, regulación de flujos de semiosis, sociedad de control –y por tanto, ordenamiento policial de los cuerpos en la diferencia y ya no en la indistinción-. Todos Nosotros, metonímica cifra para cartografiar las tecnologías de gobierno que la máquina-espectacular resume, persigue la incansable labor de desactivar a nosotras/os. Todos Nosotros, pues, no es nosotras/os: es la gente, es TN y la gente (Ya sos parte de TN, se nos dice en “la comunidad más grande de periodismo ciudadano”). Es el orden sensible de los cuerpos lo que se repone, policialmente, en la producción industrial de imágenes de referencia. Lo que se comunica no será otra cosa que órdenes, al decir de Guy Debord, “quienes las han impartido [serán] los mismos que dirán lo que opinan de ellas”. Asimismo, repondrá al respecto Gilles Deleuze que “la información es el sistema controlado de las consignas”. Al igual que sucede en las autopistas, “allí no se encierra a la gente, pero haciendo autopistas se multiplican los medios de control […] Informar es hacer circular una palabra de orden”. El miedo es un dispositivo que se autogestiona, entramándose, molar y molecularmente, en una máquina gubernamental; mas no es el único emplazado, es claro. Hacen máquina con él otras tantas tecnologías de gobierno en torno al común, que la metrópolis urbana enlaza en un andamiaje difuso. Es ahí donde la máquina-espectacular hace su aparición, engranándose con otras máquinas de gobierno. El consenso espectacular, única gramática que Todos Nosotros sabe inteligible –y lo demás es el caos en que nos vemos envueltos-, no es otra cosa que el chantaje más grosero a nosotras/os, a saber, su inversión a unas siempre ya presupuestas coordenadas de la forma-mercancía y sus modos de dominio. Así, pues, según el puro medio del medio, no se pueden detener los flujos del capital, luego, hay que acelerar la marcha y nada puede atentar contra aquello, tampoco las así llamadas formas institucionales (artilugio preferido del bandidaje de oposición [espectacular]), a riesgo, es claro, de descarrilar el tren del progreso. El bicentenario se nos muestra como un escenario más: allí se conjura al 19/20. Para éste consenso –que monta un lenguaje- no existe conflicto más que en los términos que el espectáculo dicta –y el espectáculo es el orden (y las órdenes) del capital a través de las imágenes-; esta pobreza de mundo, industrialmente puesta en escena, nos reclama no caer en la reducción a sus posibles, practicar un microbiano sabotaje al dominio espectacular. Algo de esta potencia ya ha desplegado nosotras/os. Durante el 19/20 la autoorganización no sólo supo ensamblar máquinas multitudinarias que hacían experiencia del autogobierno, sino también máquinas creativas que tejían redes de autogestión. Esta proliferación de imágenes disidentes tendría en Argentina Arde, asamblea de todos aquellos que habían vivido los acontecimientos y no querían que se los cuenten, la que quizás haya sido su figura más significativa. Al igual que el 19/20, Argentina Arde sabría enlazar las imágenes del pasado, la tradición de los oprimidos con el discurrir de la potencia: la experiencia de Tucumán Arde resonaba en su presencia, incluso reuniendo a algunos de sus protagonistas. También otras referencias propias del ciclo de luchas llamado setentista serían de la partida: Raymundo Gleyzer, el Cine de la Base, Cine de Liberación, la CGT de los Argentinos, el Semanario Villero, Rodolfo Walsh, ANCLA, las radios comunitarias. Asimismo, al igual que el movimiento de los muchos no era reductible a lo Uno, múltiples serían los modos de expresión de la revuelta: grupos de intervención artística, de arte callejero, de esténcil y serigrafía, colectivos audiovisuales, de fotografía, de cine militante, Canal 4 Utopía, comisiones de prensa de las asambleas populares y movimientos de trabajadores, periódicos barriales y de las/os trabajadores en lucha, Nuestra Lucha, Metaprensa, Indymedia Argentina y RedAcción/Anred. Destacaremos de entre éste fondo de experiencias, el así llamado mierdazo, performance mocionada en las asambleas populares pero finalmente no realizada, o, mejor, puesta en acto con significativas modificaciones. Inicialmente pergeñada por el grupo etcétera, se buscaba la participación mediante lo que en el nombre de la acción resulta evidente, materia que sería arrojada contra el Congreso en sesión, bajo la consigna de devolver lo que los políticos nos dan. Una semiosis de la revuelta mediante todo aquello que resumiera este no dejar que te lo cuenten –y nosotras/os, en su manifiesta e irreductible singularidad sería inmediatamente una forma de contrainformación-. Todo un informe desparramo de la potencia instituyente en que una multitud de experiencias tenía lugar. El escrache de las asambleas populares a Clarín y Canal 13 –mucho antes de que el pingüino se enemistara con aquellos que, a su posterior llegada al gobierno, serían sus aliados- además de a Radio 10, y la revisitada frase “nos mean y los medios dicen que llueve” serían el signo de aquella experiencia de activismo mediático, o, también, de autovalorización de la inteligencia del común, es decir, de producción de imaginario disidente.

***

En un breve ensayo acerca del deseo afirma Giorgio Agamben que “el cuerpo de los deseos es una imagen”. Así, toda vez que queramos poner en palabras nuestro más inconfesable deseo nos encontraremos ante la más esquiva tarea, puesto que los fantasmas que nos desvelan remiten a la imaginación. Entonces, si es cierto que se trata de imágenes, si es verdad que éstas remiten a lo más propio en nosotras/os, ¿es posible detenerlas?, ¿qué significa querer detener el dominio imaginario del capital?, ¿no es acaso la imagen-mercancía el cuerpo de un fascinante objeto de deseo? No sería un motivo para la vergüenza si mirando un cúmulo de manchas de humedad en alguna pared –manchas que hacen mancha sobre un fondo de mancha-, o los huecos que se anudan entre las palabras de este mismo escrito, tejiendo figuras, dejando aflorar lo que de más propio hay en nosotras/os, perplejos, nos encontrásemos siendo hablados, cual si de un medium se tratase, por los fantasmas de Todos Nosotros (y la gente). No se trata aquí, digámoslo de una vez, de realizar sesiones de espiritismo, tampoco de abandonar las platónicas imágenes de lo aparente en la búsqueda de lo autentico. Hay que hacer uso de la potencia narrativa del común. Allí un teatro de señales mudas se nos muestra como el escenario en que lo irrepresentable sobreviene a nosotras/os. Un viejo yonki que se había consagrado a hacer experiencia de la droga en propia carne, decía que no se trata de que el dealer venda su producto al consumidor, sino, por el contrario, que aquello que vende es el consumidor a su producto. No pocas veces los fantasmas parecieran narrarnos unos paraísos artificiales en los que perdernos, siendo consumidos en nuestro propio producto –la mercancía-, que, así, se nos aparece un reino separado de la felicidad. Si la detención de las imágenes tiene, siquiera, virtual existencia debería tener lugar como aquél almuerzo desnudo del que se nos habla en la novela de William Burroughs: un instante helado en el que todos ven lo que hay en la punta de sus tenedores.

Experimentum linguae

En el principio fueron los retazos –diremos-. Mas, ¿de qué? –podrían reponer Uds. No había lenguaje alguno hasta que alguien, motivado vaya a saber por qué irrefrenable designio del azar, balbuceó alguna cosa. Fuera de ello un inhumano e inagotable barullo tenía lugar. Nada humano había. Un humano e informe silencio. ¿Silencio? De seguro aquella irreductible proliferación de sonidos asemejaba cualquier cosa menos silencio. Un sinnúmero de bichos a grito pelado, un cantar furibundo de todos los entes del mundo, una conversación inextricable; puras señales, lenguaje cifrado de la naturaleza. Un escándalo incomprensible de voces y ruidos que se reclaman, indistintamente, las unas a los otros en polifónica canción. Árboles que se confunden en una danza y viento, mucho viento. Empero, hacer emerger una voz no es igual a tener un lenguaje, una palabra articulada, anudada entre la naturaleza y la cultura. Aquí tendría lugar el punto y aparte de nuestra historia. En los retazos una nueva entidad aparecía. Desde aquél acontecimiento originario el hombre dispondría para sí de la propiedad del lenguaje; esgrimiría el don de otorgar un nombre y no tardaría en nombrarse a sí mismo humano, demasiado humano. En esta posesión tendría lugar la decisión en torno a las fronteras entre lo humano y lo animal. Nadie parecía darse por enterado, mas el animal humano configuraba de este modo la politicidad primera que el lenguaje pone a su cuidado. Crepitaba la palabra en la soberana apertura de un instante arrancado al silencio. Un fulgurante destello en que un mundo se abría. Es de esperarse que aquella palabra originaria haya sido sordamente acogida. No hubo oídos atentos para ella. Todo un cuerpo se tensaba para darle una consistencia improbable. Unos labios atónitos vencieron su perplejidad para blandir ante el mundo aquello que, con presteza, redundaba por ser. De entre otros artefactos de hechura humana ya ensayados, éste tendría la extraña responsabilidad de inventarse un fundamento para sí, una plástica propiedad de lo humano. Nuestro ocasional hablante nada podía saber de aquello que, presuroso, quería decir. Quería, decimos, y las palabras que acuden en nuestra ayuda traducen traicioneramente aquella inmediatez originaria. Que no haya una razón al mando se nos muestra así lo impensado mismo del pensamiento –y del lenguaje, que es su morada-. ¿Qué podía querer? Vibraba en el viento un ser de nuevo cuño y con él, efímeramente, algo incomprensible tenía lugar. ¿Qué cosa querría decir? Poco importa, allí estaba ese nuevo ser. Una extraña y esquiva presencia. Tan breve palabra para hacer ser el tiempo. El tiempo humano encontraría su tener lugar en ella. Qué poco traía consigo para decir, en tan fugaz e irrefrenable tiempo, y, sin embargo, cuánto tiempo reclamaba para sí, cuánto laborioso tiempo había requerido para, al fin, lograr ser dicha. No un gruñido, no. Tampoco un gesto mudo o una insulsa mancha. Una palabra se recortaba, sórdida, de entre éstos. ¿Qué palabra? De seguro no remitía al padre, pero tampoco a la madre. ¿Cómo decir madre si no hay padre?, ¿cómo pensar sin esos contrarios que se reclaman?, ¿cómo pensar, entonces, sin presuponer una palabra de orden, un fondo? Nuestra quimérica palabra originaria retozaba a sus anchas, desnuda, espontánea. Nadie pretendía de ella propiedad alguna, y este andar despojada de ropas se asemejaba a la libertad. El pudor tendría lugar luego, con la subordinación de la infancia del decir a lo adultamente ya dicho. Infantilización de la palabra. Pero una palabra que se quiere originaria nada sabe de obediencia. Una palabra infante discurre sin más, originaria, mas en modo alguno sabe dónde ir; se resuelve a tientas en su noche impenetrable. La palabra es un fulgor que nos envuelve en este no saber, un arrojo hacia ese fondo sin fondo que, fascinantemente, nos reclama. ¿Qué habrá significado aquello para nuestro animal devenido hablante –y por eso mismo, ya no más animal o, si se quiere, animal en un modo específico de ser dicho, modo que, mediante la lingüística operación de enunciación en la que se encuentra envuelto niega la animalidad que, sin embargo, le es irreductiblemente propia (o, también, una operación de vivisección en la que se pone en juego la decisión acerca de aquello que, humanamente, somos, dejando en suspenso aquél resto inhumano en nosotros)-? Asimismo, ¿cómo pudo detenerse a pensarlo?, ¿cómo preguntarse, en un principio, por algo de lo que nada se sabe? Y si, además, no hay palabras para ello, pero, más importante aún, tampoco se ha transitado experiencia del lenguaje alguna, entonces, ¿cómo preguntarse? Digámoslo de una vez: pensar este pasaje originario del animal al hombre es imposible toda vez que, en nosotros, se presupone la existencia del lenguaje, oscureciendo así su cosa misma. Es la experiencia del límite lo que allí tiene lugar, en ella tan sólo el silencio redunda. Empero, se puede preguntar sobre aquello que, en el bullicioso silencio, nada es. Es ésta muda presencia originaria la cosa misma del pensamiento. Probablemente no haya imagen más certera para narrar el despliegue de una pura potencia que aquella que remite al tener lugar del preguntar sin palabras que den consistencia al mismo –y, sin embargo, esta hipótesis pone debajo la existencia del lenguaje que habita y por el cual aparece para nosotros, espectralmente, algo como el acontecimiento originario de la infancia humana-. La pregunta primera no fue por ello menos incierta. No pudo ser aquella que pregunta por qué hay algo en vez de nada pero sí, podemos decir, su formulación lindaba la lucidez más profana –aquella del no tener refugio alguno en que procurarse abrigo-. Palabra sin fondo que pre-suponer, primeros balbuceos de una infancia humana, sus resonancias, hasta entonces improbables, sacudieron el lenguaje –que así se aparecía a sí mismo, fundándose a sí mismo-, dando lugar a una multitudinaria asamblea que aún se mece en el tiempo. En su vibración resuena, obstinadamente, la más ardua tarea del pensamiento –esa inagotable pregunta por el ser-. Pensar significa, pues, reanudar el ser en su impertinencia constitutiva en la pregunta primera, abismarse en el fondo sin fondo del ser –allí donde las palabras faltan-. Pero, ¿qué cosa motivaba la apertura de esta pregunta? El silencio y sólo él la reclamaba. Fascinante y pavorosamente, aquello que se nos escapa, que, irreductible, nos deja faltos de palabras, provoca al pensamiento, nos arroja, impávidos, a la tarea. Pululaba irremediablemente en el silencio algo que precisaba ser dicho: una palabra henchida de mundo. Alguien, azarosamente, serviría sin más a los propósitos de ésta, haciéndose de ésta. Arrancarla de su caótica latencia para hacerla tener lugar en el mundo, he ahí su obrar que resuena en los pliegues del tiempo. Pensar es reanudar aquella palabra primera, desplegar aquél infantil balbuceo humano que contenía, en la pura potencia de su indeterminación, en el tener lugar del lenguaje, todas las palabras que caben ser dichas. Puede que la infancia sea nuestro modo de ser originario. Llegando a presencia siempre demasiado tarde, no podemos dejar de arrastrarla en torno nuestro. Confundidos en el mundo, envueltos en su apertura y perplejos en ésta, sin nada saber de nuestro estar arrojados, sin presupuesto o gramática alguna a priori, más que este andar cansino, a tientas, prestos a escuchar las digresiones que el silencio nos chamuya al oído.

***

En La santidad, el erotismo y la soledad Georges Bataille afirma que es preciso un lenguaje que vuelva al silencio. No es nuestra intención amputar la reflexión del acéfalo pensador, mas nos parece que aquel gesto –sacrificial, en tanto es una forma de dar muerte al lenguaje mismo- remite, sin más, a la inasible intensidad de la experiencia erótica, sensible –o, también, al rechazo por el pensamiento de todo aquello que escapa a sus arcanos-. Dirá, asimismo, que tal supresión del lenguaje es impracticable. “¿Qué sería de nosotros sin lenguaje? Nos hizo ser lo que somos”, concluirá. En el lenguaje, diremos con Bataille, el hombre quisiera mantener en suspenso su resto inhumano, decidir razonablemente sobre éste –o, mejor, soberanamente, negarlo, darle muerte-, desterrando sus partes animales, en su pretensión de producir un mundo mesurado, laborioso. Existe un lugar común –e, igualmente, impensado-, que remite a un “coger como animales”. Se trata, pues, de mera retórica. Nunca se coge como animales ni aún en el más desmesurado de los encuentros -el erotismo sagrado-, puesto que los animales no conocen la prohibición, ergo, no se viola ninguna prohibición. Y el erotismo es humana fascinación y pavor por la transgresión, perversión de la norma que la norma reclama –suspensión que, como una cifra, está inscripta en ella misma, un [no]pensamiento del límite-. Asimismo, es sabido que los animales cogen por instinto/reproducción, cosa que en el hombre no tiene lugar, por el contrario, en el sexo es tan sólo un aspecto, y lo demás es erotismo –es decir, actividad sin finalidad más que sí misma-, por eso la perversión es posible. ¿O acaso es posible pensar algo como la perversión animal? En el erotismo el hombre se niega a sí mismo, poniendo en suspenso, en el tumulto de la transgresión, la prohibición que lo funda. Empero, la aporía de este imposible salirse del lenguaje, que es un fugarse hacia lo indistinto, haciendo estallar la condición humana misma, muestra el fondo sin fondo del ser, que, es sabido, es caos.

Una comunidad que se fundase sobre la falta originaria de presupuesto, sobre lo infundado del ser, que hiciera de la condición de des-fondamiento su hipótesis –aquello que es puesto debajo-, una comunidad tal, como afirma Giorgio Agamben, sería el principal enemigo del Estado. “Que las singularidades hagan comunidad sin reivindicar una identidad, que los hombres se co-pertenezcan sin una condición representable de pertenencia […] eso es lo que el Estado no puede tolerar en ningún caso. Pues el Estado, como ha demostrado [Alain] Badiou, no se funda sobre el ligamen social, del que sería expresión, sino sobre su disolución, que prohíbe”. Los modos de ser-en-común devienen irrepresentables toda vez que debajo no hay identidad alguna que presuponer. En ello reside su mayor amenaza. La invención de nosotras/os, la multitudinaria asamblea que balbucea su infantil palabra originaria, a tientas, en la perplejidad en que se envuelve, es la invención de una forma de vid(a) irreductible, refractaria al capital-Estado. 




viernes, 1 de junio de 2012

Revista Sinécdoque Nº2 | "Carta egipcia a la acampada de Sol" (Escribe Ramón Moverak / Ilustra Ene)


Carta egipcia a la acampada de Sol
Escribe Ramón Moverak
Ilustra Ene

N o puedo evitar escribir, horas antes de partir nuevamente a El Cairo. El avión que me trajo aterrizó en Madrid el 14-M. Durante casi dos semanas de permanencia en Madrid, he recorrido decenas de asambleas y mi vida entera se ha visto interrogada por los más hondos misterios del tiempo. Como nieto de españoles nada de que lo aquí sucede me es ajeno. Como activista de la Plaza Tahrir, estar en medio del movimiento 15 de mayo, en Sol, me hace comprender algo más sobre los modos de comunicación que los acontecimientos guardan, invisibles, entre sí.
Temo ahora que se disuelva el efecto mágico que hasta aquí me acompaña y un sentimiento de angustia me pide que me quede en Madrid. Por eso he decidido hablar en el último minuto, quizás como modo de torcer mi destino (el de irme). Hablo, escribo, para decir(me) -sobre todo- que partir no es abandonar . Que partir, sobre todo en este caso, es un modo de seguir el movimiento de la vida, que ahora me devuelve a Egipto. Pero con una palabra, un pensamiento y una piel nueva, que he aprendido y adquirido en este viaje. No vuelvo a casa igual de lo que era, Sol ha afectado mi manera de vivir y pensar Egipto.
Espero con todo mi corazón que la asamblea de Sol sepa resolver la misma angustia que me atrapa a mí mismo frente a la partida. Las últimas asambleas me hicieron reflexionar en este paralelo entre mi viaje y el viaje de Sol. Sol no está ante el desafío de dejar la plaza o de levantar la acampada, sino ante el desafío de fundar un movimiento nuevo. Sol es el nombre de nuestra metamorfosis y ahora toca llevar esa potencia de transformación a cada barrio, universidad, centro de trabajo y a cada grupo familiar y de amigxs.
Ya lo hicimos una vez: entre la manifestación del 15 y la acampada dimos un gran salto. Los primeros acampados cuentan que los comienzos en Sol fueron muy precarios y vacilantes. El éxito no estaba asegurado, pero ellos confiaron y actuaron, sin tenerlas todas consigo. Nuestro punto de partida ahora tiene ahora más fuerza. Mañana o dentro de diez días, eso yo no lo sé, pero pienso que nuestro reto es repetir aquel gesto y actualizar de nuevo el movimiento, refundarlo.
Agradezco a Plaza Tahrir lo mismo que a la acampada de Sol: su potencia de transformación, su poder de darnos la ocasión, la fuerza y la lucidez para empezar este movimiento. Y agradezco también a la angustia del momento por permitirnos pensar que el movimiento depende de nuestra capacidad de hacer algo con ese regalo.Evitar la trampa de la permanencia y la quietud, y asumir que el movimiento nos llevará siempre a otros lugares. Lo mejor que puede hacer Sol por el resto de acampadas es mostrar cómo la energía puede transformarse, extenderse y complejizarse sin extinguirse. Todos debemos partir, y llevar el cambio con nosotros. Sin miedo.