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martes, 5 de junio de 2012

Revista Sinécdoque Nº2 | "El escondite perfecto" (Escribe Gisele Calvo / Ilustra Matías Costilla)


El escondite
perfecto
Escribe Gisele Calvo
Ilustra Matías Costilla

Mañana te paso a buscar para jugar a las escondidas”, le dije despreocupado mientras Eloisa se iba en el auto con su papá. Se veían cansados, tristes. Ella ya no jugaba como antes, era bueno que saliera un poco a pasear. Nos habíamos conocido meses atrás, cuando empecé a tomar clases de francés con la señorita Ana. Me fascinaba esa casa vecina de techos altos, con pisos de parquet bien lustrado y numerosos recovecos donde escabullirse a la hora de la siesta. Me quedaba ahí todas las tardes porque papá siempre tenía que trabajar.
Jugábamos desde que terminaba mis deberes hasta que la llamaban por la extraña escalera caracol que iba para el sótano. A medida que Eloisa bajaba los escalones, con sus zapatos de charol gastados, su cara se iba haciendo más opaca, hasta que ella desaparecía por completo. Entonces la señorita Ana cerraba la puerta rápido y la tapaba con un perchero de pie repleto de carteras y bufandas y tapados de piel. “Es nuestro secreto ¿eh?”, me decía siempre.
En las tardes me pasaba horas pintando mapas del colegio. Líneas bien gruesas para separar los países y puntitos ordenados para separar los estados. “Que no se mezcle nada. Nada tiene que juntarse” cacareaba todos los días la maestra de geografía con su peinado tirante y la cola de caballo que le llegaba a la cintura. Por eso odiaba tanto pintar. Por suerte Eloisa era buena pintando, así que ella me ayudaba con la tarea y yo le enseñaba a jugar a las escondidas.
En eso sí que era un experto. Me escabullía por todas partes y hasta sabía aguantar la respiración para que nadie me encontrara. Nos divertíamos con la condición de no salir nunca y correr al ático si alguien entraba a la casa.
El papá de Elo no salía mucho de su escondite y cuando lo hacía parecía invisible. Tenía aureolas azules alrededor de sus ojos y su piel era casi blanca, casi transparente. Nunca hablaba. Nunca se reía. En cambio papá era un hombre muy divertido, tenía muchos amigos y vivía de reunión en reunión. Me gustaba verlo descansar en su escritorio, leyendo el diario y fumando una pipa como la de Sherlock Holmes.
Yo no sabía muy bien de qué trabajaba. Escuché decir al abuelo que se dedicaba a cazar animales. Eso era muy peligroso y me daba miedo. A veces lo llamaban y tenía que salir a las corridas. Tenía tanta rabia de que no me prestara atención, que prefiriera andar con esos hombres verdes.
El que se llevaba todo mi desprecio era un alto con ojos de serpiente. Era bruto y tenia cara de malo, no sé cómo a papá le gustaba pasar tanto tiempo con él. Una vez en el almacén una señora le susurró “Gorila” a sus espaldas. Pero el tonto ni se dio cuenta.
El enojo me cansó, así que una semana antes de navidad le conté a papá de mi nueva amiga. Para que reviente de los celos, para que pase más tiempo conmigo. Creo que funcionó. Nunca antes me había escuchado de esa manera. Me prestó atención en cada detalle de lo que le dije y saboreó mis historias de mapas de colores y juegos de escondidas. Me preguntó de todo. Creo que estaba celoso de Eloisa.
Ese mismo día a la tarde el hombre con ojos de serpiente agarró al papá de Elo y a la señorita Ana por los hombros, les dijo algo al oído y los acompañó hasta el auto verde. Tal vez no era tan malo después de todo. Algunos vecinos miraban intrigados, pero nadie se acercó a saludarlos. Papá observaba todo desde la ventana de casa y ni siquiera salió a despedirse de mi amiga. Así funcionaban los celos. Después de todo, era lo que yo quería.
Pensé que no iban a irse muy lejos porque no se llevaron ni pelotas, ni equipos de mate, ni valijas, ni bolsos. Nada. Yo esperaba que ella pudiera descansar. Sin embargo nunca más la volví a ver. Los días se acumularon, formaron meses, veranos, años. Creo que ahora juega mejor que yo. Seguro que encontró el escondite perfecto y sigue escondida esperando que la vaya a buscar.
-Mañana te paso a buscar para jugar a las escondidas- le dije despreocupado mientras ella me miraba con sus ojos de globo terráqueo y subía al auto.
-Pobre animalito de dios- dijo mamá llevándose su pañuelo de seda la boca.
-Animalito no, ma, es Eloisa.

jueves, 17 de mayo de 2012

Revista Sinécdoque Nº2 | "Génesis" (Escribe Pablo Vázquez / Ilustra Matías Costilla)


Génesis
Escribe Pablo Vázquez
Ilustra Matías Costilla

La historia es irrefutable: no hubo primeros ni últimos en la carrera del hombre. Tampoco hubo mitades ni promedios. Querer rastrear el origen trajo como respuesta una imagen de monstruosas dimensiones y figuras. Una imagen irrevelable y, por ende, irrelevante hasta nuevo aviso.

Lo que sí se sabe es que antes del hombre no hubo nada, e inmediatamente después del hombre hubo algo. Una antilogía. A decir verdad, no hubo una  antilogía, porque pronto se supo su aterradora composición: multánime, polimorfa, impredecible.

Así pues, se trataba de una multiplicidad: muchas antilogías. El hombre, de hecho, fue libre durante un período brevísimo, ya que las antilogías, casi inmediatamente, tomaron el control. Al comienzo se acercaron a los hombres, amigables; mas fue cuestión de una nada de tiempo para hallar a los hombres encerrados en celdas invisibles. Las antilogías los tenían a su merced.

Los hombres esperaban lo peor de dicha situación: las antilogías podrían hacer lo que quisieran. Sin embargo, se limitaban a pasearse alrededor y a disfrazarse infinitamente, a disfrazarse y a mutar también, a cambiar de formas, colores, nombres; a fusionarse, partirse o reproducirse. Era extraño para el hombre verse sumido en dicha situación, ya que no ignoraba que las antilogías eran creación suya, pero las antilogías eran fundadoras de él a su vez. Esta dialéctica estaba a la vista del más estrábico: las antilogías estaban compuestas por numerosas herramientas del hombre como camisas, discursos en distintos idiomas, maquinarias o símbolos entrecruzados. El hombre, poco a poco, iba adquiriendo a su vez la multiplicidad de las antilogías, no sin cierta torpeza: aprendía lentamente a reproducirse y a disfrazar estados de ánimo y hasta palabras.

El tiempo no hacía otra cosa que avanzar, y los hombres, impotentes, miraban a las antilogías bailotear. Como mucho, las antilogías esperaban que algún hombre ande distraído para, a la velocidad de la luz, acecharlo y bajarle los pantalones. Las antilogías siempre se limitaban al acto, a la provocación: la antilogía en cuestión volvía al despelotado tránsito al que estaba acostumbrada, y pronto desaparecía tras un nuevo sombrero azul con pintitas rosas o le salían tres nuevas piernas que revoleaba frenéticamente en medio de la multitud. Las antilogías no se reían de lo que hacían, las antilogías hacían: eran los propios hombres los que se reían del distraído con los pantalones bajos. Las antilogías miraban atentamente a los hombres reírse de los otros hombres con los ojos muy abiertos durante unos segundos, y seguían su zigzagueante danza como si nada. El avergonzado sólo atinaba a subirse los pantalones y estar más atento la próxima vez.

La situación, para bien o para mal, progresaba: algunas antilogías, las más elegantes y permeables, aquellas que se perdían de vista casi inmediatamente, comenzaron a ser temidas y respetadas por los hombres y por las otras antilogías más prosaicas. Estos seres distinguidos se entregaron sin preámbulos a la ebriedad del poder. Comenzaron por negar su condición antilógica, la ocultaron: ya no se las veía disfrazándose o reproduciéndose con nada más que consigo mismas. Ya no se las veía en ningún estado específico: parecían un torbellino de cambios constantes, una neblina imposible de catalogar. Estas pocas antilogías se proclamaron dioses, habitantes de una lógica vital sin sustento alguno. Se opusieron a todo el sistema y desaparecieron. Ya no las vieron más. Sólo quedó una vaga idea sobre ellas: al parecer, estaban vigilando a hombres y antilogías desde otro lugar. Nada volvería a ser igual.

El carácter gregario y comunicativo de los hombres era su arma principal: primero se agruparon, luego se pusieron –más o menos- de acuerdo. El alarmante estado los arrojó a su instinto primitivo y sólo quisieron defenderse de algún modo, de cualquier modo de ésas traumáticas y vívidas apariciones. Se ubicaban entonces en esquinas y laterales de las celdas y arrojaban objetos a las antilogías, esperando atinarle a alguna. De todo tiraban: plumas, temores, cerebros, ambiciones. Nada. Luego sumaron a la lista pinceles, guitarras, lienzos… ¡apetitos, libros, sueños! Era inútil: las antilogías bailaban alrededor de aquella ridícula artillería. Y se reían a carcajadas, también, habían aprendido ese hábito de los hombres. Cualquier cosa que pasaba por los barrotes era lanzado sin criterio alguno: cuando la desesperación reinaba sus cabezas, y como último recurso,  algunos niños –los más pequeños, que pasaban a través de los barrotes-, volaban por los aires a causa de sus aptitudes como objetos contundentes.

Cuanto más se arremetía contra las antilogías, más terribles e impiadosas se volvían éstas. Bruscamente, dejaron de bailar y comenzaron a tragar todo lo que andaba dando vueltas: las agresiones viajaban desde la mano de los hombres hacia la boca de las antilogías, sin excepción. Todo iba a sus bocas, todo trozaban con sus maxilares de tiranosaurio, todo lo tragaban con sus gargantas extensas y sinuosas cual catacumbas de lava. Todo lo consumían.

Los hombres, en cambio, todo lo producían, y la mayor parte de lo producido era arrojado a las voraces criaturas implacables. Los productos humanos eran su alimento y, de algún modo, la existencia de éstos era la propia supervivencia de las antilogías. ¿Qué sería de las antilogías si no tuvieran de quién ocultarse? ¿De quién consumirían, para quién se disfrazarían o bailarían trágicamente?
               
La turbulenta convivencia entre hombres y antilogías continuó ininterrumpidamente sin demasiados sobresaltos: cada vez hubo más hombres y más antilogías a niveles desproporcionados. Hoy la situación es irreversible. El hombre produjo y fue producido por estos seres que lo habitan y son habitados por él a su vez. Ambos se reprodujeron y entrelazaron en un abrazo cada vez más asfixiante.
               
Los hombres documentaron y documentan su experiencia con el mundo. Sus relaciones con viejas antilogías –muchas de ellas, ancestrales- y la producción de nuevas, así como también sus vivencias con otros hombres. Creemos que muy probablemente, y a raíz de la profunda mímesis que prolifera constantemente entre hombres y antilogías, haya una historia desde la propia singularidad de las antilogías; otra versión de la historia, una versión de caracteres antilógicos.

Por lo pronto, no nos hemos hecho con semejante documento.