viernes, 18 de mayo de 2012

Revista Sinécdoque Nº2 | "ABORTO LEGAL, SEGURO Y GRATUITO: LA AUTONOMÍA Y LA JUSTICIA COMO DERECHO" (Escribe María Alicia Gutiérrez / Ilustra Carolina Pastorella)


Aborto/Autonomía/Derecho

ABORTO LEGAL, SEGURO Y GRATUITO:
LA AUTONOMÍA  Y LA JUSTICIA COMO DERECHO
Escribe María Alicia Gutiérrez
Ilustra Carolina Pastorella

Muchos años han pasado desde que el movimiento de mujeres, o algunas agrupaciones en particular, empezaron a pensar y actuar en dirección a la despenalización/legalización del aborto en Argentina. Las luchas, invisibilizadas en muchos momentos, han seguido un recorrido sinuoso: a veces  por los bordes de la cosa pública y otras en el meollo del mundo público sin que una se contraponga a la otra. Esta historia, relatada cuidadosamente por mujeres involucradas, parece estar encauzándose en un camino que incluye la práctica y organización de las mujeres con  la amplificación al conjunto de la sociedad y su inserción en el espacio público.
No pocas veces hemos debatido sobre el peso de los principios y prejuicios culturales que hacían a nuestra propuesta una utopía de largo aliento. Tantas otras enfocamos la cuestión de manera sectorizada con el objetivo de marcar y mostrar la incidencia de la práctica clandestina del aborto en temas centrales como la mortalidad materna, es decir la salud pública;  demostrar quiénes morían o quedaban severamente lesionadas, dejando en evidencia la injusticia social y la cuestión de clase. El enfoque en la salud y en la cuestión social, produjo no poco  impacto, dado que las estadísticas, que siempre funcionan como una foto a la que hay que dotar de contenido, eran y son de una contundencia alarmante. Quizás esto alerto a muchos profesionales de la salud así como a gestores de políticas públicas.
En otros momentos invocamos y presionamos sobre el silencio de los medios masivos de comunicación, logrando de ese modo que se fuera constituyendo con los años una masa crítica que permitiera poner el tema en la escena mediática, tan significativa en los últimos años para que la cuestión “exista”.
Interpelamos, no sin dificultades, a sectores varios para gestar alianzas que apoyaran la demanda. Algunas veces pudo ser y otras se evidenció la enorme dificultad desde el propio movimiento de mujeres así como de los sectores convocados.
Miramos con atención a los diversos actores intervinientes: médicos, políticos, comunicadores, iglesia católica. Con  todos encontramos momentos de acercamiento y en demasiados una distancia exasperante. Todo ello fue gestando un tiempo necesario para recorrer los vericuetos que la realidad social, económica y cultural nos imponía para pensar por que resquicios seguir insistiendo. De ello, al interior del movimiento de mujeres (con toda su diversidad y diferencias) se fue articulando una idea, o mejor dicho una práctica que se plasmó en la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto legal, seguro y gratuito. Ese hito, que marcó un punto de inflexión en el año 2005, posibilitó la inclusión territorial más allá de los límites de la Capital Federal y a su vez la multiplicidad de voces que se expresaban entre las mujeres. También amplificó el sonido de la demanda  y se fueron  articulando otras acciones en paralelo que permitieron la presentación de un proyecto de ley (luego de más de 13 que no habían tenido curso) que concito la firma de diputados de diversas tendencias político/ideológicas y una primera aproximación al debate en comisiones que cerró el año 2010. El 2011 se desarrolla pleno de expectativas, deseos y necesidad de esfuerzos y estrategias dado que la posibilidad, por primera vez, de la legalización del aborto tiene algún viso de realización. La Campaña plantea claramente las nociones de justicia, derechos humanos y democracia como los ejes sobre los que se instala la demanda.
Sin embargo y en este corto artículo me interesa reflexionar acerca de algunas cuestiones que hacen al reclamo por la autonomía, la  libertad y la justicia para decidir en relación a los cuerpos. Y aquí, me aparece la pregunta. ¿Es posible desde el campo teórico, y también desde su viabilidad política,  pensar un derecho desde la autonomía y la libertad, que supone la noción de individuo, a  un derecho colectivo, que supone la noción de comunidad? O dicho de otro modo, ¿es posible que los criterios universalistas que acogen la noción de autonomía y justicia puedan ser aplicados en un derecho humano como el aborto legal? Intuyo que estas reflexiones, sintéticas en este artículo, pueden colaborar para pensar otras demandas que se inscriben en la misma lógica.
Antes de avanzar en lo plan-teado, algunas disquisiciones sobre la cuestión puntual del aborto. A mi entender se incluye dentro del campo de las sexualidades y las demandas que se han inscripto dentro de los derechos humanos. En esta lógica tenemos por un lado los individuos y  los movimientos sociales que articulan luchas  por derechos, por otro, el Estado desde una perspectiva reguladora, tanto represiva como contenedora, y por último, el mercado. En esta última instancia  se juega, con anuencia o no del Estado, la mercantilización de los cuerpos y el efecto que produce la clandestinidad del aborto. Se ponen en escena  intereses que pueden desplegarse de manera negativa frente a la pérdida de un negocio que reditúa muchos beneficios económicos, aún en tiempos de   generalización del aborto medicamentoso.  Para ellos un Estado restrictivo se convierte en un aliado insoslayable. Esta cuestión, junto a otros temas que refieren a  la explotación de los cuerpos,  ha adquirido relevancia en el contexto de la globalización.


La noción de autonomía

El concepto de autonomía tiene su aparición en la filosofía política clásica, o al menos allí hace su debut como un derecho de los individuos para garantizar la libertad, acotando el poder del Estado. En ese sentido, se hace necesario advertir que deberíamos crear un lenguaje  que nos corrie-ra de la filosofía política articulada por los varones. En ese intento han trabajado las feministas, desde la década del 70, reflexionando  sobre la noción de autonomía y su asociación o no a la libertad, pero, escrito en la lengua de los varones, la filosofía política desarrolló al menos desde la modernidad un frondoso debate sobre los límites y las potencialidades de la autonomía. Es necesario deconstruir  ese discurso en lo que omite sistemáticamente, sobre discriminación, invisibilización, opresión (es decir la lógica del poder) para intentar resignificarlo en términos emancipatorios.
El concepto de autonomía se define como  “el hecho de que una realidad está regida por una ley propia, distinta de otras leyes, pero no forzosamente incompatible con ellas” (Ferrater Mora, 1994, p.276).  Desde el campo filosófico se entiende desde dos dimensiones: “ontológicas” o “éticas”. Si  se refiere a la dimensión ética una ley moral es autónoma cuando tiene en si misma su fundamento y la razón propia de su legalidad.
Según Kant, el eje de la autonomía de la ley moral lo constituye la autonomía de la voluntad. Por ello el principio de autonomía  sería algo así como “elegir siempre de tal modo que la misma volición abarque las máximas de nuestra elección como ley universal” (Ferrater Mora, 2004, p. 277). Kant señala, entonces,  que esta ley práctica es un imperativo, pero con problemas para ser comprobado porque se ubica en el campo de las proposiciones sintéticas Por otro lado la heteronomía es el origen de todos los principios no auténticos de la moralidad. Para el autor todos los principios ajenos a la voluntad, sean empíricos (la naturaleza) o  el reino de los valores absolutos, Dios, o racionales, enmascaran el problema de la libertad de la voluntad y por lo tanto de la moralidad autentica de los propios actos. En rigor, no hay moralidad si no hay independencia respecto a cualquier objeto deseado. Y aquí se relaciona la autonomía con la libertad, y ésta es la condición formal de todas las máximas. Por lo tanto refiere a la universalidad de la ley moral aunque  Kant mismo redefinirá este concepto en función de las nociones de la maldad natural del ser humano que aun cuando acate la ley moral lo estará haciendo en función de intereses personales.
Una de las críticas significativas del feminismo a la concepción kantiana de autonomía se centra justamente en la concepción del yo que se objetará por individualista. Por otro lado, esa concepción de individuo presupone una noción patriarcal que la teoría intenta salvar desgenerizando para lograr la  universalidad. Se establece una crítica a la noción liberal de la moral y la justicia en tanto no atiende a los rasgos del cuidado y la relación (Chodorow N., 1978 Gilligan, C.1982). El derecho no haría más que reforzar esos preconceptos.  La autonomía entonces no comporta solo un valor moral sino que es necesario analizar las condiciones contextuales en que se puede desplegar. 
Max Scheler sostiene, rechazando el concepto de autonomía kantiano, que la persona tiene autonomía como soporte y realizadora de valores, pero esta autonomía se encuentra dentro de una comunidad y específicamente dentro de una “comunidad de valores” por lo que es de alguna manera, aunque Scheler no acuerde con la heteronomía, heterónoma.
Siguiendo el razonamiento de Castoriadis,  no hay sujeto autónomo en tanto no hay comunidad autónoma. Entonces el concepto de autonomía adquiriría relevancia en el marco de demandas que lo ubican en luchas sociales más amplias para reconvertir a la autonomía individual liberal en una noción emancipatoria. Siguiendo a Castoriadis: “la autonomía no es un cerco sino que es una apertura, apertura ontológica y posibilidad de sobrepasar el cerco de información, conocimiento y de organización que caracteriza a los seres auto constitu-yentes como heterónomos. Alterar el cerco implica alterar el sistema de información y conocimiento existente, significa constituir un nuevo mundo según otras leyes […] esta potencialidad la tiene el hombre en tanto condición humana, dado que conlleva la posibilidad de poner en tela de juicio sus propias leyes, su propia institución cuando se trata de la sociedad” (Castoriadis, 1990, p. 89).
 La concepción de autonomía es tributaria del pensamiento moderno, fundacional para constituir sociedades  cuyos contratos requerían individuos libres con la mayor capacidad y libertad para decidir sobre los destinos del mundo1.
Lo cierto es que la noción de autonomía y libertad surgen desde que se instituye el individuo racional con capacidad de discernir. Marx también habla de la necesidad del sujeto libre y autónomo para el contrato en la sociedad capitalista, que otra cosa es sino la fuerza de trabajo, encarnada en un sujeto que debe ser jurídicamente libre para poder venderla sin restricciones en el mercado.  Sin embargo, esa libertad y autonomía para Marx estaba atravesada por el principio de alienación y sujeción o explotación que las condicionaba a las reglas del mercado y al principio de organización de las clases sociales por la lógica de la acumulación del capital. Si bien se requiere un sujeto libre y autónomo a la vez es necesario que sea pasible de ser sujetado a las reglas del capital2 .
Por otro lado la idea de autonomía presupone un sujeto que está en absolutas condiciones de racionalidad para sus decisiones. Ello negaría esas zonas oscuras, no transparentes del sujeto que hacen que ni siquiera pueda él mismo saberlo, como lúcidamente lo refieren Freud y luego Lacan. Hay un sujeto que está instituido como tal en un no saber del inconsciente que condiciona muchas de sus decisiones y en una articulación de ese inconsciente como un lenguaje complejo de descifrar. Entonces el individuo autónomo en la toma de decisiones para su vida está condicionado por su conformación como tal en un contexto dado y  dentro de coordenadas culturales y epocales.
Para ser autónomos, y que la demanda por autonomía efectivamente convoque, se debería pertenecer a una sociedad que se plantea un cuestio-namiento radical de sus raíces y de sus formas institucionales poniendo entre paréntesis la naturalización de las formas hegemónicas  de organización social.

Autonomía como dimensión política colectiva.

Individuo autónomo y sociedad autónoma son las dos caras de una misma moneda. “La cuestión de la autonomía –dirá Castoriadis– surge, como germen, desde que la pregunta explícita e ilimitada estalla, haciendo hincapié no sobre los “hechos” sino sobre las significaciones imaginarias sociales y su fundamento posible”, momento que genera no sólo otro tipo de sociedad sino también de individuos. Y la autonomía es un proyecto. (Castoriadis, 1990, p.83).
Autonomía: auto-nomos, auto nombrarse, darse sus mismas leyes. Un individuo que se da sus leyes de ser. “Esto no tiene nada que ver con la autonomía kantiana que se da ante una Razón inmutable, ley que se dará de una vez para siempre. La autonomía es el actuar reflexivo de una razón que se crea en un movimiento sin fin, de una manera a la vez individual y social.” (Castoriadis, 1990, p.84).
Castoriadis refiere que un individuo puede ser autónomo en dos sentidos: interno y externo. El aspecto interno es la relación del sujeto con su psiquis y con su inconsciente, la reflexividad dejando fluir la historia y el presente, y no influída por las normas instituidas. O sea un estado que no llega a ninguna definición porque está en la razón misma de la reflexividad. Ser autónomo significa que se le ha investido psíquicamente la libertad y la pretensión de verdad.
El sentido externo tiene que ver con la historia,  no es posible ser libre solo, ni en cualquier sociedad. Para que los individuos pretendan que surja la autonomía es preciso que el campo social-histórico ya se haya auto-alterado de manera que permita abrir un espacio de interrogación sin límites3 .
Para Castoriadis la autonomía es el proyecto que tiende, en un sentido amplio, a la puesta al día del poder instituyente y su explicación reflexiva a  la reabsorción de lo político en la política. Tiene  como objeto la institución explícita de la sociedad  y su función como legislación, jurisdicción y gobierno.
¿Cómo sería posible esto?  El autor nos plantea que  través de la paideia pero, ¿en qué se diferencia por ejemplo de los ilustrados, incluida la propia Mary Wolstoncraft o el Emilio de  Rousseau que  piensan en la educación en relación al individuo-sustancia?. La diferencia estaría en el hecho de “crear instituciones que, interiorizadas por los individuos, faciliten lo más posible el acceso a su autonomía individual y su posibilidad de participación efectiva en todo poder explícito existente en la sociedad” (Castoriadis, 1990, p.90). Esto permitiría poner en evidencia la distinción público –privado como espacios indiscernibles del ejercicio del poder.
La autonomía en la teoría feminista

La teoría del contrato social va a interpelar al individuo autónomo para poder ser parte del mismo. En esas consideraciones, desde Hobbes, Locke y Rousseau -con sus diferencias- los sujetos autónomos que podían contratar debían tener ciertos rasgos.
 Así  fue como, en las distintas interpretaciones, no podían formar parte del contrato  los esclavos, los no propietarios, las mujeres.
Entonces a las mujeres no les cabía la concepción de sujeto autónomo. Las teorías y prácticas feministas  se propusieron desestabilizar los principios del orden liberal, dado que allí se ejerce el control de los cuerpos y la hegemonía patriarcal que compromete la autonomía de las mujeres. El derecho no establece la distinción ente sexo y género,  por ello la noción de “ciudadano” se inscribe en una lógica universal que da por supuesto criterios de igualdad que no se condicen con la vida real y cotidiana de los sujetos. Al decir de Enrique Marí “el discurso jurídico debe comprenderse y evaluarse no sólo por lo que descarta de sí, sino por lo que atestigua con esa exclusión” (Citado en Viturro, 2004).  Ese debate lo ha dado el feminismo con el desmontaje de la noción de contrato social que funda no sólo a las sociedades sino a la misma proto-noción  de ciudadanía. Por otro lado, las feministas han deconstruído en el interior del movi-miento y del núcleo teórico la propia noción de universalidad   (Harding, 1993). El feminismo ha hecho algunos aportes importantes a la crítica del Derecho y por ende a cómo se pien-sa  la ciudadanía (West, 2000).  Por un lado, en la construcción del sujeto femenino, y por el otro, en la manera en que se apropian las instituciones de ese derecho y esa construcción (Gutiérrez, 2010).
En relación al sujeto, plantean que dado que el derecho es construido, pensado y elaborado desde sociedades patriarcales no puede menos que reproducir esas relaciones desiguales de poder e instituirse en la defensa de los valores, necesidades e intereses de los varones. Por otro lado, las teorías constructivistas apoyadas en la noción de un sujeto producido como efecto del lenguaje, cuestiona la capacidad volitiva de los sujetos en la toma de decisiones.
Ahora bien si un sujeto (y esto cabe para varones y mujeres) requieren, según Castoriadis, de una sociedad autónoma ¿dónde debería ponerse el punto de mira de la demanda?  Si estamos atravesados por un mundo donde la autonomía  es cuestionada, específicamente en la etapa de la globalización, ¿sobre qué bases  se pue-de apelar a la autonomía sin que sea una demanda que quede en la pura declamación con pocas posibilidades de ser alcanzada?
La idea de ciudadanía remite a la noción de público/privado y la ciudadanización de las mujeres  se va a articular alrededor de la idea “lo personal es político”. Las nociones de público y privado se  constituyen en la modernidad y van a delimitar dos espacios escindidos donde opera de manera diferencial, al decir de Nancy Fraser (1997), la redistribución y el reconocimiento. En el espacio público es posible el acceso al reconocimiento (que es reservado a los varones). El espacio privado está impedido del reconocimiento  dado que es el escenario de las relaciones afectivas,  rigen las leyes del parentesco y los individuos no aparecen  perteneciendo a una comunidad, que es lo propio del espacio público/político. La noción moderna de ciudadanía presupone un individuo con capacidad de acción y discurso (de lo que están restringidas las mujeres en el mundo privado) así como la acción e interacción con los otros sujetos en condición de igualdad (Gutiérrez, 2010).
Entonces, ¿cómo se produce  el acceso de las mujeres a la ciudadanía y por lo tanto a su autonomía si desde su concepción están excluidas?
El concepto de “ciudadanía plural” (invocado por Chantal Mouffe, 1993) ofrece una alternativa en el campo teórico y en la acción política permitiendo  que las mujeres “trasciendan el hecho de ser portadoras de derechos políticos ( principio de inclusión excluyente) a ciudadanas plurales (principio de inclusión incluyente), pasaje que permitiría salir de la encrucijada en que la democracia ubica a las mujeres, es decir en lógicas de ser sin otras (concepción tradicional de la ciudadanía), en lógicas de ser para los otros (concepción materialista) y/o en lógicas de ciudadanía sexualmente diferenciada (politización biológica, específicamente la maternidad como lo plantea Carole Pateman)” (Citado en Gómez, 1995). Ello permitiría una lógica ciudadana de “ser con los otros”.
La referencia a los derechos humanos, como medio para la autonomía,  es el marco  desde donde se instalan las demandas de las mujeres en relación al cuerpo y una noción de “ciudadanía inclusiva”.  La dimensión del cuerpo alojando construcciones genéricas diversas, lejos de la concepción cartesiana de unidad natural, será el punto de intersección de demandas que propondrán  las mujeres.
En ese sentido “lo público” no existe para imponer su concepción de vida buena sino que debe hacer posible la libre búsqueda de ésta por todos los ciudadanos. La autoridad política tendría como labor esencial hacer res-petar los derechos humanos, es decir generar los medios para el ejercicio de la autonomía.
Esto supone una sociedad donde exista esa “comunidad de valores” que podría acompañar  las demandas individuales. Los derechos humanos van a evidenciar el principio de la discriminación, básicamente por las marcas en el cuerpo. Es desde esta apelación que la campaña por el derecho al aborto plantea la cuestión de derecho, libertad y autonomía.

Para seguir pensando

La teoría liberal plantea la cuestión de la autonomía desde la noción de individuo como sujeto libre, racional, con capacidad de discernimiento. Desde allí articula una noción de la justicia que consideraría, desde el velo de la ignorancia como plantea Rawls, una capacidad universal sin consideraciones por las diferencias. Las críticas del feminismo han pivoteado justamente en el equívoco de la noción de individuo racional universal para contener las particularidades que la ética del cuidado impone a las mujeres. En este planteo han corrido riesgos de acercarse a las teorías comunitaristas que en una crítica profunda al individuo han planteado el rescate de la comunidad, la cercanía y los afectos para poder reconstruir el lazo social y así las consideraciones particulares de los distintos grupos.
Ante esto, la propia teoría feminista ha planteado la necesidad de construir una epistemología autónoma que pudiera reconocer: la vinculación del observador a su contexto específico, la continuidad entre el objeto y el sujeto del conocimiento, la crítica a la noción de igualdad abstracta y formal, el cuestionamiento del binomio racionalidad/irracionalidad e intentar correrse de los riesgos del relativismo con un profundo cuestionamiento al poder.
Desde la filosofía política, Habermas intenta aproximar con su noción de mundo de vida y acción comunicativa a la consideración de la autonomía de las mujeres en la consecución de sus derechos, que es posible si se articula a través de la discusión pública. A ello contestaron las feminis-tas sobre las desigualdades establecidas en el contexto de la comunicación. Castoriadis, por otro lado, imagina una sociedad con instituciones autónomas que puedan ser internalizadas por los individuos.
El derecho al aborto legal vuelve a poner en escena principios ligados a la autonomía, la libertad y la justicia. Estamos demandando por un derecho que refiere a principios propios de la teoría liberal. Sin embargo, me parece importante hacer esfuerzos por resignificar la autonomía para las mujeres, y con ello para todos los grupos sociales excluidos que aún, en el contexto de la sociedad argentina, reclaman por derechos de ciudadanía. No se nos escapa que la propia noción de autonomía conlleva profundas diferencias: no es igualitaria para todas las mujeres pero al menos una ley que la reivindique, como es el aborto legal, seguro y gratuito, otorga  condiciones de posibilidad para desplegarla. Es necesaria para la transformación en la cultura y las subjetividades de la idea y el ejercicio de la autonomía (que efectivamente debe ser un valor para las mujeres), sabiendo que siempre está condicionada por reglas del juego que exceden las decisiones individuales, o dicho de otro modo, cómo lo público impacta en lo privado y viceversa. La noción de derechos humanos en clave de autonomía y  democracia, como ins-tancia de verdadera participación aún tras la búsqueda compleja y contradictoria de algunos derechos igualitarios, puede ayudarnos a pensar esta instancia donde la legalización del aborto seguramente será la posibilidad certera de disminuir el flagelo de la mortalidad materna y otorgar un paso más en la autonomía de las mujeres.
Judith Butler refiere a  la importancia de hablar en el lenguaje  de derechos si queremos intentar tener protección,  pero ello a su vez implica, al menos dos cosas:
Primero,  se debería  cuestionar el sujeto y el nosotros que utilizamos para hablar legalmente sabiendo que eso no es estrictamente lo que somos, porque en él se esconde, en sus pa-labras, “la pasión, el duelo y el furor y nos conecta con los otros y en vidas que no son las nuestras” (Butler,    2006b). También se conectaría con la necesidad planteada por Castoriadis, y negada por Kant, de ese “mundo oscuro” o el inconsciente que nos rige.
Segundo, saber que una verdadera posibilidad de lograr la autonomía y la libertad está ligada a un contexto también autónomo.
La comunidad de valores pro-bablemente suscriba a la dimensión de los derechos humanos, pero eso no resuelve la cuestión de la autonomía. Por lo tanto la campaña no podría estar disociada del contexto de posibilidad y de una lucha enmarcada en el conjunto de las luchas sociales por la autonomía.
O como mejor lo refiere Butler “si lucho a favor de la autonomía ¿no debo luchar también por algo más, por un concepto de mi misma como ser que vive invariablemente en comunidad, bajo la impronta de otros, y que deja también una impronta en ellos de forma que no siempre son claramente delineables, de formas que no son totalmente predecibles? (Butler, 2006a,    p. 41)
Como cuerpos siempre somos algo más que nosotros mismos y algo diferente de nosotros mismos. Articular esto como un derecho no siempre es fácil, pero quizás no sea imposible. Si  se toma la noción de  autonomía planteada por Castoriadis no hay autonomía posible sino se efectiviza  un cuestionamiento integral de la sociedad. Las demandas particulares y su inserción en un mundo  interrelacionado  regido por la lógica de la mundialización podrían  inscribirse en una demanda global por la autonomía de la sociedad. O sea, la legalización del aborto es una condición necesaria pero no suficiente para el logro efectivo de la autonomía en las mujeres. 
Judith Butler en relación a Adorno plantea que el ethos colectivo es una ficción porque en los tiempos actuales no existe tal unidad. Ahora “si bien el ethos colectivo se ha vuelto anacrónico, no se ha convertido en pasado: persiste en el presente como anacronismo. Se niega a volverse en pasado, y la violencia es su modo de imponerse al presente. A decir verdad, no solo se le impone: también procura eclipsarlo, y eso es precisamente uno de sus efectos violentos” (Butler, 2009, Pág.15). Nada más elocuente para referirse a las acciones de la iglesia católica, entre otros grupos e instituciones, en las estrategias contra la legalización del aborto.



Notas
1  Esos sujetos libres eran a la vez sujetos de sujeción. Uday Metha (1993/1994) plantea que la teoría liberal tendrá que explicar por qué desde sus principios incluyentes se deriva una larga historia de exclusión. Quizás los principios y los hechos concretos son barcos que surcan mares radicalmente opuestos.
2 De acuerdo a estos principios parece difícil pensar en un sujeto autónomo y libre en la sociedad capitalista. La ideología, funcionaría como un operador que articula sentidos diversos bajo la noción de hegemonía.
3 Para que alguien pueda autónomamente decir “la ley es injusta” es necesario que la institución sea de tal modo que permita la puesta en tela de juicio por la colectividad y por los individuos que la componen.

Bibliografía
Butler, Judith (2006a): Deshacer el género, Barcelona, Paidós.
___________ (2006b): Vida precaria. El poder del duelo y la violencia. Buenos Aires, Paidós.
___________ (2009): Dar cuenta de sí mismo. Violencia ética y responsabilidad. Buenos Aires, Amorrortu.
CASTORIADIS, Cornelius (1993): La institución imaginaria de la sociedad. Vol.2 El imaginario social y la institución. Buenos Aires, Tusquets Editora.
CHODOROW, Nancy (1978): The Reproduction of Mothering. Berkeley, EEUU, California University Press.
FERRATER MORA, José (2004): Diccionario de Filosofía. Tomo I. Barcelona, Editorial Ariel.
Fraser, Nancy (1997): Iustitia Interrupta. Reflexiones críticas desde la posición “postsocialista”. Colombia, Universidad de los Andes y Siglo del Hombre Editores.
Gilligan, Carol (1982): In a Different Voice: Theory and Women´s Development. Boston, Harvard University Press.
Gómez, Patricia (1995): “Pensar la ciudadanía para el siglo XX”.  IIº Jornadas de Aportes de la Universidad a los estudios de la Mujer.  Santa Rosa, La Pampa, Universidad Nacional de La Pampa.
Gutiérrez, María Alicia (2010):Voces polifónicas: sexualidades e identidades de género. Debate con el fundamentalismo religioso”,  en Vaggione J.M (comp.): El activismo religioso conservador y las sexualidades: nuevas articulaciones, Córdoba, Católicas por el Derecho a decidir
Harding, Sandra (1993): “Rethinking standpoint epistemology: What is strong subjetivity”, en Feminist Epistemology, New York, Editorial Routledge.
Metha Uday, S. (1993/1994): “Estrategias liberales de Exclusión”, en El Cielo por Asalto Buenos Aires, Año III, Nº6, Verano 1993/1994.
Mouffe, Chantal (1993): “Feminismo, ciudadanía y política democrática radical”, en Debate Feminista, 7.
Viturro, Paula (2004): “Ficciones de hembras”, en Fernández, D´Uva, Viturro: Cuerpos ineludibles. Un diálogo a partir de las sexualidades en América Latina.  Buenos Aires, Global Found for Women, Hivos, UBA/Centro Cultural Ricardo Rojas.
West, Robin (2000): Género y teoría del derecho, Bogotá, Siglo del Hombre Editores, Facultad de Derecho de la Universidad de los Andes.

jueves, 17 de mayo de 2012

Revista Sinécdoque Nº2 | "Génesis" (Escribe Pablo Vázquez / Ilustra Matías Costilla)


Génesis
Escribe Pablo Vázquez
Ilustra Matías Costilla

La historia es irrefutable: no hubo primeros ni últimos en la carrera del hombre. Tampoco hubo mitades ni promedios. Querer rastrear el origen trajo como respuesta una imagen de monstruosas dimensiones y figuras. Una imagen irrevelable y, por ende, irrelevante hasta nuevo aviso.

Lo que sí se sabe es que antes del hombre no hubo nada, e inmediatamente después del hombre hubo algo. Una antilogía. A decir verdad, no hubo una  antilogía, porque pronto se supo su aterradora composición: multánime, polimorfa, impredecible.

Así pues, se trataba de una multiplicidad: muchas antilogías. El hombre, de hecho, fue libre durante un período brevísimo, ya que las antilogías, casi inmediatamente, tomaron el control. Al comienzo se acercaron a los hombres, amigables; mas fue cuestión de una nada de tiempo para hallar a los hombres encerrados en celdas invisibles. Las antilogías los tenían a su merced.

Los hombres esperaban lo peor de dicha situación: las antilogías podrían hacer lo que quisieran. Sin embargo, se limitaban a pasearse alrededor y a disfrazarse infinitamente, a disfrazarse y a mutar también, a cambiar de formas, colores, nombres; a fusionarse, partirse o reproducirse. Era extraño para el hombre verse sumido en dicha situación, ya que no ignoraba que las antilogías eran creación suya, pero las antilogías eran fundadoras de él a su vez. Esta dialéctica estaba a la vista del más estrábico: las antilogías estaban compuestas por numerosas herramientas del hombre como camisas, discursos en distintos idiomas, maquinarias o símbolos entrecruzados. El hombre, poco a poco, iba adquiriendo a su vez la multiplicidad de las antilogías, no sin cierta torpeza: aprendía lentamente a reproducirse y a disfrazar estados de ánimo y hasta palabras.

El tiempo no hacía otra cosa que avanzar, y los hombres, impotentes, miraban a las antilogías bailotear. Como mucho, las antilogías esperaban que algún hombre ande distraído para, a la velocidad de la luz, acecharlo y bajarle los pantalones. Las antilogías siempre se limitaban al acto, a la provocación: la antilogía en cuestión volvía al despelotado tránsito al que estaba acostumbrada, y pronto desaparecía tras un nuevo sombrero azul con pintitas rosas o le salían tres nuevas piernas que revoleaba frenéticamente en medio de la multitud. Las antilogías no se reían de lo que hacían, las antilogías hacían: eran los propios hombres los que se reían del distraído con los pantalones bajos. Las antilogías miraban atentamente a los hombres reírse de los otros hombres con los ojos muy abiertos durante unos segundos, y seguían su zigzagueante danza como si nada. El avergonzado sólo atinaba a subirse los pantalones y estar más atento la próxima vez.

La situación, para bien o para mal, progresaba: algunas antilogías, las más elegantes y permeables, aquellas que se perdían de vista casi inmediatamente, comenzaron a ser temidas y respetadas por los hombres y por las otras antilogías más prosaicas. Estos seres distinguidos se entregaron sin preámbulos a la ebriedad del poder. Comenzaron por negar su condición antilógica, la ocultaron: ya no se las veía disfrazándose o reproduciéndose con nada más que consigo mismas. Ya no se las veía en ningún estado específico: parecían un torbellino de cambios constantes, una neblina imposible de catalogar. Estas pocas antilogías se proclamaron dioses, habitantes de una lógica vital sin sustento alguno. Se opusieron a todo el sistema y desaparecieron. Ya no las vieron más. Sólo quedó una vaga idea sobre ellas: al parecer, estaban vigilando a hombres y antilogías desde otro lugar. Nada volvería a ser igual.

El carácter gregario y comunicativo de los hombres era su arma principal: primero se agruparon, luego se pusieron –más o menos- de acuerdo. El alarmante estado los arrojó a su instinto primitivo y sólo quisieron defenderse de algún modo, de cualquier modo de ésas traumáticas y vívidas apariciones. Se ubicaban entonces en esquinas y laterales de las celdas y arrojaban objetos a las antilogías, esperando atinarle a alguna. De todo tiraban: plumas, temores, cerebros, ambiciones. Nada. Luego sumaron a la lista pinceles, guitarras, lienzos… ¡apetitos, libros, sueños! Era inútil: las antilogías bailaban alrededor de aquella ridícula artillería. Y se reían a carcajadas, también, habían aprendido ese hábito de los hombres. Cualquier cosa que pasaba por los barrotes era lanzado sin criterio alguno: cuando la desesperación reinaba sus cabezas, y como último recurso,  algunos niños –los más pequeños, que pasaban a través de los barrotes-, volaban por los aires a causa de sus aptitudes como objetos contundentes.

Cuanto más se arremetía contra las antilogías, más terribles e impiadosas se volvían éstas. Bruscamente, dejaron de bailar y comenzaron a tragar todo lo que andaba dando vueltas: las agresiones viajaban desde la mano de los hombres hacia la boca de las antilogías, sin excepción. Todo iba a sus bocas, todo trozaban con sus maxilares de tiranosaurio, todo lo tragaban con sus gargantas extensas y sinuosas cual catacumbas de lava. Todo lo consumían.

Los hombres, en cambio, todo lo producían, y la mayor parte de lo producido era arrojado a las voraces criaturas implacables. Los productos humanos eran su alimento y, de algún modo, la existencia de éstos era la propia supervivencia de las antilogías. ¿Qué sería de las antilogías si no tuvieran de quién ocultarse? ¿De quién consumirían, para quién se disfrazarían o bailarían trágicamente?
               
La turbulenta convivencia entre hombres y antilogías continuó ininterrumpidamente sin demasiados sobresaltos: cada vez hubo más hombres y más antilogías a niveles desproporcionados. Hoy la situación es irreversible. El hombre produjo y fue producido por estos seres que lo habitan y son habitados por él a su vez. Ambos se reprodujeron y entrelazaron en un abrazo cada vez más asfixiante.
               
Los hombres documentaron y documentan su experiencia con el mundo. Sus relaciones con viejas antilogías –muchas de ellas, ancestrales- y la producción de nuevas, así como también sus vivencias con otros hombres. Creemos que muy probablemente, y a raíz de la profunda mímesis que prolifera constantemente entre hombres y antilogías, haya una historia desde la propia singularidad de las antilogías; otra versión de la historia, una versión de caracteres antilógicos.

Por lo pronto, no nos hemos hecho con semejante documento.


miércoles, 16 de mayo de 2012

Revista Sinécdoque Nº2 | "El activismo artístico y la memoria colectiva: Prácticas artísticas que reclaman la aparición con vida de Jorge Julio López" (Escriben María Florencia Colangelo y Sofía Sagle)

 EL ACTIVISMO ARTÍSTICO Y LA MEMORIA COLECTIVA
Prácticas artísticas que reclaman la aparición con vida de Jorge Julio López
Escriben María Florencia Colangelo y Sofía Sagle

“No hay memoria sin conflicto, significa que por cada memoria activada hay otras reprimidas, desactivadas, enmudecidas, por cada memoria legitimada hay montones de memorias excluidas. Investigar la densidad simbólica de nuestros olvidos equivale a darnos la posibilidad de mirarnos unos a otros, de entrelazar memorias de modo que podamos descubrir las trampas patrioteras que nos tiende la memoria oficial y hacer estallar la engañosa neutralidad con que nos adormecen los medios… la memoria evocativa o celebratoria no es la que mas necesitamos hoy, porque no es la memoria del pasado sino la memoria de que estamos hechos la que puede ayudarnos a comprender la densidad simbólica de nuestros olvidos, tanto en lo que ellos contienen de razones de nuestras violencias como de motivos de nuestras esperanzas”.
Medios: olvidos y desmemorias
Jesús Martín-Barbero

Sin duda el binomio arte-política ha dejado de hacer el ruido que provocaba décadas atrás. Si hablamos, entonces, de arte y política no podemos  dejar de pensar la tensión inherente que conlleva esta relación. Las prácticas de articulación entre producción artística y acción política tienen una larga y vasta historia en Argentina, que se remonta al menos hacia fines del siglo XIX y aún sigue vigente.
Así planteado el escenario, hay un actor que atraviesa e interfiere en este binomio (y en tantos otros) y desequilibra, neutraliza y -por qué no también- legitima al activismo artístico: el Estado.
¿Cómo es que el Estado (y su aparato) entra a jugar en esta particular relación con las prácticas del activismo artístico? ¿Podemos decir que el Estado es el principal constructor de la memoria? ¿De qué memoria hablamos? ¿Mediante qué dispositivos se legitima? ¿Quiénes intervienen en estas relaciones que delimitan el horizonte de lo memorable? ¿Hay desaparecidos legítimos y desaparecidos ilegítimos para una memoria garante y oficial? ¿Qué espacios encuentran estos grupos, productores y practicantes de un arte político, para intervenir?
Muchas preguntas, sin duda, que intentaremos responder (por preliminares que sean esas respuestas) a través de un conjunto de prácticas de intervención y acción que utilizan alguna dimensión estética y creativa al reclamo de aparición con vida de Jorge Julio López.

El Estado y la máquina cultural: Una memoria
Partimos de una premisa muy clara para pensar al Estado como constructor del discurso hegemónico en torno a nuestro pasado: el poder que éste posee no se agota o se circuns-cribe sólo a su estructura político-económica sino que  uno de los mayo-res poderes del Estado es su capital simbólico.
Capaz de imponer las categorías de pensamiento que aplicamos naturalmente a cualquier cosa del mundo y al Estado mismo, éste es el resultado de un proceso de concentración de diferentes “especies de capital”: capital de fuerza física o de instrumentos de coerción (ejército, policía); capital económico; capital cultural o, mejor, informacional; capital simbólico. Concentración que, en tanto tal, constituye al Estado en detentor de una suerte de meta-capital que da poder sobre las otras especies de capital y sobre sus detentores (Bourdieu, 1993). Como poseedor de este meta-capital simbólico tiene que ser capaz de instituir y construir, entre otras cosas, una civilidad común: lo que implica la elaboración de una memoria común, dominante,  o mayoritaria.
Así se institucionaliza qué historia contar, qué desaparecidos y qué reclamos de justicia son legítimos, delimitando el sentido de las representaciones que se habilitan en torno a estas cuestiones.
Si bien nos parece que pensar que hay un único discurso posible que englobe a todos los restantes es impensable, esta ilusoria significación se da a diario. Esa unificación discursiva es una representación posible del pasado construída y sostenida, no de todo lo que efectivamente ha sucedido sino sólo de lo que parece relevante, aquella “historia como decurso unitario” (Benjamin, 1938) de la que nos hablaba Walter Benjamin, aún presente, hecha cuerpo.
El Estado, entonces, arma su capital poniendo en marcha una poderosa máquina cultural (Sarlo, 1998) que no sólo se percibe en calen-darios, conmemoraciones o fechas “patrias” sino que se dispersa en prácticas cotidianas, tan diseminado y tan disperso como eficiente, haciendo y formando un cuerpo social e institu-yendo un discurso posible: la “historia oficial”.
Esta manera particular de ins-cripción social que tiene el poder hace que sólo comprendamos lo que se ha convertido en inteligible porque ha sido cuidadosamente extraído del pasado y seleccionado para hacer inteligible al resto, bajo categorías y especies que se han denominado según los momentos: la verdad, el hombre, la ciencia, la cultura, la escritura, etc. (Foucault, 1992) Creemos, también, los desaparecidos.
Para Williams, es la tradición selectiva la expresión más evidente de estas presiones y límites dominantes y hegemónicos que se dan en el seno de una sociedad y un momento histórico determinados. Esta versión de la tradición, intencionalmente definida, se hace a partir de un pasado configurativo y de un presente preconfigurado que operan poderosamente en la definición e identificación cultural y social (Williams, 1980). Sin embargo, dentro de una hegemonía particular, es característica esencial que la selección llevada a cabo se presente como la tradición, el pasado significativo, la memoria y hasta una determinada identidad política.
Estas configuraciones muestran la eficacia y eficiencia que posee el accionar de esta máquina cultural y los usos políticos que se hacen de la memoria, exhiben también las diferentes formas de articular lo vivido con el presente borrando del pasado aquello que nos incomoda. En este sentido, la memoria o las memorias son sobre todo acto, ejercicio, práctica colectiva. Lo que Pilar Calveiro1 llama “actos a-biertos de memoria”, que son actos concientes de no olvidar, como demanda ética y como resistencia a los relatos cómodos. Son los que encontramos en algunas intervenciones del activismo artístico (Calveiro, 2006). Si la memoria de una sociedad se extiende hasta donde alcanza la memoria de los grupos que la conforman, la necesidad de pensar en estas prácticas de acción e intervención colectiva se hace inevitable. Cuando la memoria de una serie de hechos, “ya no tiene como soporte un grupo —ese mismo grupo que estuvo implicado o que sufrió las consecuencias, que asistió o recibió un relato vivo de los primeros actores y espectadores—, cuando se dispersa en algunos espíritus individuales, perdidos en sociedades nuevas a las que esos hechos ya no interesan, porque les son decididamente exteriores, entonces el único medio de salvar tales recuerdos es fijarlos por escrito” (Halbwachs, 1950). El peligro, entonces, radica en ver quiénes serán los que escriban acerca de esos hechos, quiénes tendrán la palabra y harán una historia de esas memorias. Pasar por la historia, como sugiere Benjamin, el cepillo a contrapelo, es recuperar esas memorias que retienen un pasado que está vivo, que resiste, que ocupa espacios, y que aún visibiliza lo desaparecido. Como diría Galeano: “Hasta que los leones tengan sus propios historiadores, las historias de cacería seguirán glorificando al cazador.” (Galeano, 1989)

Activismo artístico: algunas definiciones previas

El término activismo artístico, mencionado aquí en repetidas oportunidades, es un concepto que elegimos utilizar, a falta de mejores. Sin embargo, no deja de presentar algunos problemas a la hora de analizar las prácticas concretas. Lo usamos, no obstante, porque consideramos que si bien las categorías de análisis son importantes, intentaremos “dejar hablar” a los actores que intervienen en la disputa por el sentido.
Existe una larga tradición del término, que se remonta a la vieja autodefinición propuesta por el dadaísmo alemán, utilizada para hacer referencia a estas prácticas difíciles de encuadrar dentro de lo que comúnmente denominamos “arte”. Esta dificultad que presenta marca uno de los objetivos esenciales que persiguen estos grupos activistas: acompañar en el proceso de transformación social. Decimos acompañar porque el vínculo entre arte y política no contiene subor-dinación alguna sino más bien una acción conjunta. Es así que nos parece posible pensar al activismo artístico como constructor de otra memoria, colectiva y no como un oxímoron. Ana Longoni, una de los principales referentes a la hora de reflexionar acerca de estas prácticas, nos aporta una definición posible del activismo: comprende aquellas “producciones y acciones, muchas veces colectivas, que abrevan en recursos artísticos con la voluntad de tomar posición e incidir de alguna forma en el territorio de lo político” (Longoni, 2010).
Esta trayectoria que mencionábamos anteriormente se ancla en nuestro país a fines de los ´60, principios de los ´70, y cuenta en su haber con las Experiencias del ´68 del Instituto Di Tella, cuya culminación fue la reconocida realización colectiva Tucumán Arde2.  En la década siguiente, y con el saldo de horror y silencio que deja el terrorismo de estado, podemos mencionar una práctica, conocida como  “el Siluetazo”, que se inicia puntualmente durante la III Marcha de la Resistencia convocada por las Madres de Plaza de Mayo el día  21 de septiembre3 de 1983. La particularidad que presenta esta técnica es la matriz, es decir, la silueta de un cuerpo es una figura posible de ser multiplicada y reproducible, técnicamente impecable. Esto permitía que los contornos dibujados de los/las desaparecidos/as, que eran muchos/as y tenían que aparecer, tuvieran lugar a la vista de todes, en el espacio público.  La tensión entre la ausencia y la presencia de cuerpos en la multitud pone de manifiesto la técnica, que no sólo necesitó de una matriz de reproducción sino también, y sobre todo, de cuerpos presentes. Un dispositivo que permitió la activación comunicativa con un impacto simbólico trascendente en un contexto de silencio y complicidad que escondía la sangre bajo la alfombra.
Este recorrido, mencionado brevemente, concluye con otras dos coyunturas particulares que fomentaron la emergencia de grupos activistas que promovían acciones callejeras e intervenciones en el espacio público: en primer lugar, el surgimiento de H.I.J.O.S en 1996 y la crisis de 2001.
Estos escenarios han hecho posibles otros discursos, otras memorias de un pasado que es sólo a condición de ser reactivado en el presente. Se requiere de una abrupta ruptura de la percepción cotidiana para re significar el presente. Abatir el “siempre fue así” a condición de ser puesto a prueba con la luz de hoy, visible para todes.
No tendría sentido hablar de las prácticas del activismo o de memoria colectiva si no existieran formas de ser y estar del arte y la política como campos autónomos, o no hubiera instituciones o memorias con las cuales disputar el sentido. Es este conflicto y esta tensión inherente a lo social, lo que define al activismo artístico como vehículo, como generador de diálogos entre las distintas memorias.

El caso Jorge Julio López

Quizá parezca extraño hablar de representaciones prohibidas y de ciertos desaparecidos legítimos en un contexto que nos encuentra con reapertura de juicios, con conquistas como la del Espacio de la Memoria y reivindicaciones sociales conseguidas luego de años de lucha. Sin embargo, nuestro análisis intentará poner foco en la acción de los dispositivos o canales de comunicación entendidos como alternativos o, por lo menos, no hegemónicos.
La tarea, entonces, no consiste en abordar estas cuestiones formales en materia de derechos humanos o, en particular del Gobierno Nacional, sino que la estructura de poder a la que hacemos referencia trasciende a los protagonistas concretos. Apunta, por lo tanto, a las relaciones de poder que se diseminan en la sociedad, que recorren toda la escena social en un momento histórico determinado.
Especifiquemos el contexto: la segunda desaparición de Jorge Julio López, esta vez ya en democracia,  fue el 18 de septiembre de 2006. Hasta la fecha de este trabajo, la causa que investiga su secuestro y desaparición  se encuentra paralizada (desde hace al menos dos años) y no ha habido ningún avance relevante a no ser por algunos montajes espectaculares. De más está decir que su repercusión en la agenda gubernamental y macromediática es escasa, o nula.
En este escenario así delimitado por las relaciones de fuerza existentes, intentaremos demostrar que las intervenciones del activismo artístico, a través de sus más diversas prácticas (performances, sellados, carteles, intervenciones callejeras) devuelven – de alguna manera- la presencia de López, asumen la voluntad de incidir o tomar posición en el terreno de lo político, y allí radica su vitalidad. Dan visibilidad, inscriben su cuerpo, en otras formas físicas, representativas de aquello que no está, en resistencia a esa memoria que paraliza los sentidos.

Las prácticas artísticas y el arte

La serie de trabajos que analizaremos a continuación no sólo pone en jaque la concepción hegemónica del espacio público sino que también estalla las mismas bases de lo se puede definir como “el rol del arte”. El artista supera la exposición convencional de su trabajo, excede el “cuadrado blanco”, el lienzo o galería de arte para cruzarlo con la dimensión social y política. No se trata de una obra estática, que busca la mera contemplación, sino de una experiencia dinámica que atraviesa instituciones, discursos y que nos interpela como sujetos sociales. Esta contundencia en el espacio público que lleva adelante el activismo artístico explota la dimensión creativa y genera espacios para la reflexión, sin ampararse en la creación artística per se o en el mero reconocimiento sino que incluso la apropiación de “la obra” por parte de ese sujeto, que se enfrenta con ella, es el mayor reconocimiento.
Así entendidas, estas distintas expresiones del activismo artístico, entablan un estrecho vínculo (crítico) con la “historia oficial” legitimada por la fuerza estatal, y habilitan ciertos sentidos y representaciones que circulan en sus prácticas y que permiten pensarlas como constructoras de una memoria que no es una mera selección sacada de archivo sino resistencia. No cualquier resistencia tampoco, sino una a través del hacer artístico, como construcción colectiva y pública.
Dentro de esta perspectiva se inscriben las prácticas en relación al reclamo por la aparición con vida de Jorge Julio López, como “Promociones de Julio”4, de Hugo Vidal.
Esta obra cuenta con una serie de trabajos referidos al reclamo por la aparición con vida de Julio López realizadas desde 2007 hasta la fecha. Entre ellas, mencionaremos: nombre propio, botella de mensaje y calendario de ausencias. La primera intervención es una tarjeta personal, muy común de profesionales, de corte comercial,  que posee los datos de Jorge Julio López y el reclamo de su aparición con vida. Botella de mensaje, en cambio, propone una acción de sellado en supermercados y comercios. La intervención consiste en sellar sobre las etiquetas de los vinos López la frase que reclama: “Aparición con vida ya!” Por último, calendario de ausencias, como su nombre lo indica es un calendario vacío de números, encabezado por una frase “¿Cuántos días sin López?”. Con este calendario se incita a intervenirlo día a día contando cuantos días hace que Julio J. López no esta. En la edición Calendario 2010, el 1 de enero se contabilizan 1201 días sin López.
Lo interesante de este y otros trabajos de Vidal es que a pesar de su trayectoria como artista plástico, los modos de producción que pone en juego no requieren mayores competencias artísticas dignas de “las bellas  artes”. Cualquiera puede hacer las tarjetas, cualquiera puede intervenir las botellas: el objetivo es que el sello se multiplique, que las tarjetas circulen, sin importar quién comenzó con la idea o a quién le pertenece.
Se trata, entonces, de reflexionar sobre estas intervenciones de los/as artistas y del activismo artístico que buscan el “no olvido” de López, aunque más no sea en un instante efímero de la rutina, en el espacio público o en instituciones artísticas, con preguntas que nos interpelan, que se dirigen a nosotres.
Ante una doble desaparición física, entonces, la lucha por una tercera representacional está presente en las reflexiones de estos/as activistas. La imagen de Jorge Julio López, muchas veces irrumpiendo en una publi-cidad, ocupando un asiento en un colectivo, tiene esa capacidad de presentar un cuerpo, de volverlo presencia: ese “aquí y ahora” de alguien que no está, que no debe hacerse presente, que debe permanecer desaparecido. La imagen, como fuerza puramente icónica, exige algo de nosotres. El contenido social que se hace visible, circula y dialoga con la superficie pública: interpela a otras subjetividades que habitan el espacio, las convierte en potenciales sujetos de producción.  
En este sentido, también vale la pena destacar el “Proyecto López”5 de Lucas Di Pascuale que representa una intervención en la provincia de Córdoba. Se trató de una convocatoria del artista cordobés para construir varios letreros de madera con una única palabra: “López”. Cada cartel fue instalado en el techo de algún espacio cultural alternativo, sin luces ni colores, casi invisibles por la polución visual circundante, con los materiales disponibles, de manera bastante precaria. Según Di Pascuale, sólo a partir de una participación y acción colectivas  se puede construir un nuevo cartel. El carácter perecedero de la instalación necesita de un colectivo que pueda reinstalar esa presencia precaria y efímera, que en líneas generales siempre se dio.
En 2009, en la localidad de Resistencia, al cumplirse tres años de la desaparición, Leo Ramos, arquitecto activista desde la década del ‘90, pegó con autoadhesivos en las ventanillas de los colectivos  el rostro de López (a la altura de la cabeza de cualquier pasajero) y una pregunta debajo: “¿dónde está?”. No es la primera intervención de Leo en el espacio público, dado que desde su posición especifica como arquitecto, ha participado en Chaco con “Resistencia no duerme”, que incluye intervenciones graficas a publicidades, carteles autoadhesivos, o performan-ces.  
Estas prácticas, que como acción comunicativa representan un acto y posicionamiento político, buscan la creación, pero también la justicia y las demandas sociales silenciadas, invi-sibles, con lo cual la articulación entre artistas y movimientos sociales (específicamente desde el 2001 en adelante) entiende la necesidad de intervenir y alterar el ordenamiento simbólico por parte del Estado, pero también la lógica mercantil que atraviesan todos los campos.
Este cuestionamiento inevitable sobre las prácticas, las instituciones dentro del campo artístico, y el rol del arte en la sociedad, no escapa al activismo artístico. El énfasis en estas relaciones está dado por el aporte específico que proporciona el campo artístico en las nuevas formas de protesta o reclamo y el lugar donde lo efectúa: la  calle. Es ahí donde las acciones realizadas tienen otro valor artístico, diferente, por fuera del circuito del arte.
Uno de los grupos significativos a la hora de hablar de intervenciones artísticas con posicionamiento político es sin duda el Grupo de Arte Callejero (GAC), formado en 1997. Desde entonces, tienen lugar en el espacio público  intervenciones en publicidades, señales viales, escraches y la confección de “cartografías” que representan un mapeo de luchas, relaciones y conflictos. El GAC6 ha venido trabajado en conjunto con diversas agrupaciones como la Mesa de Escrache Popular, H.I.J.O.S., Madres de Plaza de Mayo línea fundadora y diferentes colectivos de arte y organismos de derechos humanos. Como colectivo, muchas veces se ven envueltos en las polémicas que desatan sus intervenciones, no sólo desde la política sino también desde el arte (y los artistas) y sometidos a preguntas del tipo “¿es arte?”  “¿Son eficaces estas prácticas?” o el “siempre terminan tranzando”. Esto último guarda relación con la participación del GAC en 2003, en la Bienal de Venecia. Desde otro lugar, la pregunta por el rol transformador del arte también es moneda corriente para los integrantes del grupo La calle es nuestra. Ellos expresan la relación de esta manera: “¿El arte es transformador por sí mismo o son las prácticas las que tienen un potencial transformador? Si preguntamos por el rol social del arte, no es porque estemos presuponiendo un rol definido, sino porque buscamos abrir el juego para pensar otros roles que los hegemónicos. ¿Pensamos al arte como herramienta? ¿Como un lenguaje posible que genera discursos? ¿Como un modo de conocimiento? ¿Como un frente de lucha en donde se articula con otros lenguajes? Nos interesa pensar que la lucha política es también una batalla cultural”7.  Así, entonces, el vínculo estalla, se fusiona, se problematiza.

Donde la práctica se hace cuerpo

Decimos que la práctica se hace cuerpo, porque siempre se trata de una memoria que necesita ser activada por sujetos, que necesita ser encarnada en y decodificada por personas y que no queda sólo registrada en la piedra: sabemos que un edificio o un monumento por sí solos no aseguran la memoria.
Así entendida la misma, necesitamos interrogarnos sobre los soportes y espacios de ella y sus convenciones, quizás porque todo lo que se pretende recordar, una vez confiado a una estructura edilicia, también se puede olvidar.
Un punto fundamental consiste, entonces, en pensar las especificidades del espacio en el cual se desarrollan las prácticas que nos competen en este análisis: el espacio público.
¿Por qué elegir el espacio público? Según Hannah Arendt, “todas las actividades humanas están condicionadas por el hecho de que los hombres (y mujeres) viven juntos y su acción no cabe por fuera de la sociedad. (…) (y) nuestra sensación de la realidad depende por entero de la aparición y, por lo tanto, de la existencia de una esfera pública en la que las cosas surjan de la oscura y cobijada existencia, incluso el crepúsculo que ilumina nuestras vidas privadas e íntimas deriva de la luz mucho más dura de la esfera pública” (Arendt, 1958).
Es preciso entender la apuesta política del activismo artístico desde esta perspectiva, como esa necesidad de aparición. No sólo desde la acción sino también desde el discurso.     La apropiación en un espacio común donde los hombres y las mujeres forman su propia trama de relaciones. Arendt nos dice: “Toda actividad desempeñada en público puede alcanzar una excelencia nunca igualada en privado, porque esta requiere la presencia de otros y, dicha presencia exige la formalidad del público” (Arendt, 1958). La “excelencia” del ejercicio se logra, de alguna manera, proporcionándole un lugar, un espacio para ser.
Entendiendo que, para que dicho espacio (así como ocurre con la memoria) sea público, hay que intervenirlo, crearlo o perturbarlo. Como modos y maneras de inferir en lo público, anteriormente mencionamos al colectivo La calle es nuestra,  que entiende a ese espacio como campo de disputa simbólica. ¿Qué se disputa? Se disputa la identidad y la pertenencia, las posibilidades de reconocimiento con el otro, el diálogo de las distintas memorias, entre otras cosas.
El activismo artístico al que hacemos referencia busca, a través de sus prácticas, perturbar estos espacios neutralizados por el poder, mercantilizados y normativizados imponiendo una lógica distinta, una resistencia. La calle, reconfigurada ya no como una vía de transito diario, y su obstrucción como “caos vehicular”, sino entendida como “la forma alternativa y subversiva de todos los medios de comunicación colectiva; porque no es, como éstos, soporte objetivado de mensajes sin respuesta, red de transito a distancia, es el espacio que se ha abierto el intercambio simbólico de la palabra, efímera y mortal, palabra que no se refleja en la pantalla platónica de los media” (Baudrillard, 1991).
En el espacio público, entonces, toma cuerpo, forma, la memoria co-lectiva; en él se dan las movilizaciones, las protestas, pero también en él se da la disputa simbólica. Sin embargo, la categoría de espacio público corre el riesgo de burocratizarse en un sinfín de abstracciones, necesitamos hilar más fino. Preferimos,  entonces, usar la categoría de espacio público no gubernamental o no estatal, entendiendo bajo este concepto a un tipo de instancia que involucra participación volun-taria y formas de intervención colectiva, bajo lógicas que se distinguen de las que tradicionalmente guiaron a los órganos de gestión pública, por no estar acotadas al ámbito estatal ni al mercantil.
Acción política entonces, sin atarse  mecánicamente  al derecho estatal ni a la forma organizativa partidaria que regulan la representación política8. Muchos autores, coinciden en que la categoría de lo “público no estatal” remite a la creación de una institucionalidad que no sólo involucre la necesidad de tornar la gestión pública más permeable a las demandas emergentes de la sociedad, sino también de retirar del Estado y de los agentes sociales privilegiados el monopolio exclusivo de la definición de la agenda social (Cunill Grau 1997). Así entendido, lo “público no estatal” se construiría en una especie de zona gris entre el mercado y el Estado, pues no como terreno complementario con respecto a estas dos esferas, sino en tanto potencial que impugne la existencia de estas mediaciones que organizan nuestra vida en función de ciertas voluntades de poder (Ontaviña, 2007). La acción política de estas prácticas artísticas tiene como soporte y base general la dimensión creativa que aumenta la visibilidad de aquello que no lo tiene y su efectividad política. Y aquí nos gusta pensar nuestro tema de exposición en línea con lo que Virno plantea: “La piedra angular de la acción política consiste en desarrollar el carácter público del Intelecto fuera de la lógica de producción capitalista”9.

Perturbación, conflicto y comunidad

Una fuerza, una energía que se convoca y que nos interpela como sujetos en ese espacio público entendido como espacio de lucha pero también de diálogo, de construcción que necesariamente tiene que ser en comunidad.
La(s) memoria(s), de manera colectiva, siempre reactivadas en el presente, resistiendo, manifestando que hay algo privado que debe ser público y que entiende que si sólo pensamos en colocar estos temas en agenda o en una pantalla televisiva no estamos agotando nuestra capacidad de incidir y subvertir las representaciones neutralizadas, los discursos legítimos. De nada sirve el recuerdo instituido  y mecánico del pasado si no nos valemos de él para activarlo, para hacerlo una experiencia transmisible, que se pueda compartir y pasar. No se trata de ha-cer todo memorable, sino sólo lo que como sociedad, nos sigue mirando, nos atraviesa.
Dentro de este modo de pensar el presente, el arte y la política resisten. Deforman lo visible, lo audible, lo decible; corren los límites. “La obra de arte puede ser un acto de resistencia y la resistencia puede ser un acto de arte porque muestra la novedad más radical: eso que es imprevisible, inaudible, impredecible, inaugurando aquello que antes de ella no podía estar” (Sacchi, 2010). La pregnancia de las imágenes que restituyen eso que una vez llamaron la “población invisible” nos indica el cruce entre cuestiones artísticas y la práctica militante. Y es preciso señalar que los trabajos además de variar entre lo estético y territorial, se acomodan según la coyuntura política en particular.
Que estas prácticas del acti-vismo artístico se mantengan sin ser cooptadas por la institucionalidad dependerá –creemos- de la reflexión crítica y discursiva que promueven las relaciones sociales encargadas de producir los bienes simbólicos, de la renovación de sus formas y la interacción con la realidad social.
Gritar, entonces, para no olvidar que quienes nos hacen ver la foto de Julio López en un patrullero quizá tengan algo que decirnos. La lista es larga, pero como sabemos que “la impunidad exige la desmemoria” (Galeano, 1998) vale la pena mencionar aunque más no sea algunos nombres como Iván Torres, Juan Pablo Caba, Gastón Vara, David Hayes, Silvia Suppo, Luciano Arruga y Jorge Julio López.
Esa presencia activa no debe olvidar que necesitamos pensar la práctica artística como grito, como resistencia para lograr esa memoria que sea de todes y que como tal tiene que estar a la vista de todes, asequible a todes, salvaje e indómita, ahí afuera.



Notas
1 Pilar Calveiro es argentina, doctora en Ciencias Políticas egresada de la Universidad Nacional de México, exiliada tras haber permanecido secuestrada en la Escuela Mecánica de la Armada (ESMA) durante la dictadura militar.
2 Para mayor información sobre el proceso que mencionamos desde las Experiencias del `68 a la muestra colectiva Tucumán Arde ver Del Di Tella a Tucumán Arde, de Ana Longoni, y Mariano Mestman, Buenos Aires, Eudeba, 2008.
3 Un día del estudiante.
4 “Promociones de Julio” es una serie de trabajos referidos a Julio López presentados en el Centro Cultural de la Cooperación en septiembre de 2010.
5 Este proyecto fue incluido dentro de la muestra “¡AFUERA! Arte en espacios públicos” presentada el corriente año en la sede San Telmo del Centro Cultural de España en Buenos Aires.
6 GAC: Grupo de Arte Callejero. Para mayor información acerca del grupo recomendamos la lectura del libro del GAC: GAC. Pensamientos, practicas y acciones de la Editorial Tinta Limón, Buenos Aires, 2009.
7 http://www.lacallenuestra.com.ar/ Visitada por última vez: 3 de julio de 2011.
8 Estudio de T. Genro (como se cita en Ouviña, 2002)
9 http://biblioweb.sindominio.net/pensamiento/virno.html Visitada por última vez: 27 de agosto de 2011.

Bibliografía
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Baudrillard, J. (1991): “Requiem por los media” en Crítica de la Economía. Política del Signo, México, Siglo XXI.
Bourdieu, P. (1993): “Génesis y estructura del campo burocrático” en Actes de la Recherche en Sciences Sociales, N° 96-97, marzo de 1993, pp.49-62.
Calveiro, P. (2006): “Los usos políticos de la memoria”, Sujetos sociales y nuevas formas de protesta en la historia reciente de América Latina, CLACSO.
Cunill Grau, N. (1997): Repensando lo público a través de la sociedad: nuevos
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Foucault, M. (1992). Microfísica del poder. Ed. La Piqueta.
Galeano, E (1998): “La escuela del mundo al revés” en Patas arriba. Siglo XXI, México.
_________ (2003): “La desmemoria /4” en El libro de los abrazos. Siglo XXI. México.
Halbwachs, M (2004). La memoria colectiva, Prensas Universitarias de Zaragoza, España.
Longoni, A. (2010): “Activismo artístico en torno a la segunda desaparición de Jorge Julio López” en Cuadernos del INADI, Nº 1, Buenos Aires, 2010.
Longoni, A y Mestman, M (2008): Del Di Tella a Tucumán Arde, Buenos Aires, Eudeba.
Ouviña, H. (2002): “Las asambleas barriales y la construcción de lo “público no estatal”: la
experiencia en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires”. Informe final del concurso: Movimientos sociales y nuevos conflictos en América Latina y el Caribe. Programa Regional de Becas
CLACSO.
Sacchi, E: “Simulacros: Arte, subjetividad y resistencia” en Discusiones Filosóficas. Año 11  Nº 16, enero –2010. pp. 169 – 176.
Sarlo, B (1998): La máquina cultural. Maestras, traductores y vanguardistas, Editorial Seix Barral, Buenos Aires.  
________ (1998). “Cabezas rapadas y cintas argentinas” en La máquina cultural, Buenos Aires, Ariel.
Williams, R (2009): “Tradiciones, instituciones y formaciones” en Marxismo y literatura, Buenos Aires, Las Cuarenta.

Fuentes de Internet:
Benjamín, W. “Tesis de filosofía de la Historia”. http://homepage.mac.com/eeskenazi/benjamin.html. 20 de Septiembre de 2011.
Russo, P. “El encuentro entre arte y militancia y la publicidad de ideas políticas en el espacio público callejero. El ejemplo del GAC”.
Virno, P. “Virtuosismo y revolución: notas sobre el concepto de acción política”. http://biblioweb.sindominio.net/pensamiento/virno.html. 18 de agosto del 2011.