viernes, 5 de agosto de 2011

Revista Sinécdoque Nº1 | GÉNERO(S) + "Pospornografía: El placer está en la fuga" (Escriben Laura Milano y Clara Paoletta)

GÉNERO(S)

Los estudios de género(s) y sexualidades siguen siendo relegados en planes de estudio de las carreras en Ciencias Sociales y muchas veces dependen de las iniciativas de organización de estudiantes, docentes e investigadores para hacerse un espacio en los programas y agendas de las distintas materias por las que transitamos.

Dar cuenta de la imperiosidad de encarar estos debates puede ser terreno fértil para complejizar la mirada y avanzar sobre la reconfiguración de nuestros campos de intervención. Se vuelve necesario, una vez más, revolver entre lo abyecto, lo que quiere ser apartado, lo que no aparece nombrado en el cánon de la investigación en Ciencias Sociales.

A no confundirse: existe una larguísima tradición de estudios a partir de estas temáticas –desde la academia y desde la militancia- y, cabe decir, se están generando lugares propicios para multiplicar estas discusiones. Esperemos que este pueda ser un espacio para ello.

Para la ocasión, comenzaremos con un texto acerca de la “pospornografía”. Un tema que no por poco explorado merece menos polémicas en los distintos entornos que se preocupan por la representación de las sexualidades. El valor principal  de este artículo es introducirnos en las discusiones en torno al tema que se empiezan a dar a nuestro alrededor y no cerrar las puertas a ulteriores debates.


   Pospornografía/Géneros/Sexualidades          =

POSPORNOGRAFÍA:
EL PLACER ESTÁ EN LA FUGA
Escriben Laura Milano y Clara Paoletta

La pornografía es –por excelencia- el discurso social que imprime las representaciones del sexo y las identidades sexuales hegemónicas en nuestra sociedad pero ¿qué tipo de sexualidad aprendemos cuando vemos una película porno? ¿Por qué los roles sexuales asignados a hombres y mujeres son siempre los mismos? ¿Hay otras maneras de representar el placer, el deseo, la corporalidad más allá de la propuesta pornográfica tradicional? A partir de estos interrogantes surge la pos-pornografía, un  género cinematográfico emergente que lucha por disputar el sentido sobre lo sexual al discurso pornográfico tradicional y dar visibilidad a otros/as sujetos sexuales.  La apuesta política y estética de lo pos-porno nos invita a indagar en la de-construcción crítica de las representaciones de la sexualidad que se reiteran en la pornografía y pensar nuevos usos del placer como puntos de fuga. 

Decir el sexo: Entre el dispositivo de sexualidad y la subversión queer

Hablar de sexualidad implica dar cuenta de cierta definición de la misma y de la producción de cuerpos que sean inteligibles en el horizonte de esa definición. Así lo comprendió Michel Foucault en su análisis de la Historia de la sexualidad al identificar el dispositivo a través del cual se configuraba un saber sobre el sexo. El autor dirá que desde el siglo XVIII en adelante la inmensa producción de discursos acerca de la sexualidad en el marco de las instituciones de poder no hizo más que profundizar la normalización de las prácticas y los placeres. Decir la “verdad” acerca de la sexualidad es un ejercicio del poder que encuentra sus canales de expansión  en la medicina, psiquiatría, pedagogía, confesión cristina, literatura erótica y –más contemporáneamente- en los medios de comunicación.
El sexo y la sexualidad entonces son producto de un conjunto de tecnologías y dispositivos productivos de saber- poder que construyen/crean/limitan las prácticas sexuales y los deseos. Esta producción de cierto orden sexual está estrechamente vinculada con la problemática económica y política del control de las poblaciones. La conducta sexual debe dirigirse, insertarse en sistemas de utilidad, regularse y administrarse a favor al orden social imperante.
En este sentido, la forma más eficaz de controlar la sexualidad no sería la censura o la prohibición sino, más bien, la creación de determinados discursos acerca del sexo, el placer y el deseo; y –simultáneamente- haciendo ininteligibles, no-pensables otros múltiples usos, deseos y placeres. Todo aquello que implique un desvío de la norma sexual será considerado anormal, abyecto: así se caracteriza a los locos, perversos, onanistas, histéricas, homosexuales, etc.
Este “control sobre la vida” que Foucault argumenta nos permite comprender el origen de la normalización de las identidades sexuales como efectos de los discursos sobre el sexo.
A pesar de que no habría un afuera del dispositivo de sexualidad, la concepción del poder que maneja Foucault nos permite pensar posibilidades de desvío/fuga, ya que los puntos de resistencia están presentes en todas partes dentro de la red de poder. Es decir, donde hay poder hay resistencia. Es esta línea sobre la cual se afirma el movimiento queer que -a partir de los años 80- comenzará a cobrar más visibilidad e incorporar nuevos sentidos sobre la(s) sexualidad(es) a partir de la crítica al sistema sexo-género.
Mediante una apropiación subversiva de los dispositivos de producción de las identidades sexuales, el movimiento queer pone en escena lo construido y arbitrario tanto del sexo como del género. Las teorías que emergen junto a este movimiento dan cuenta de lo “queer” como aquellos recursos políticos de la performatividad desde lo abyecto, como citaciones desviadas de las identidades sexuales vigentes en el sistema heteronormativo1.

Para introducirnos en los estudios queer, tomamos en primer término los aportes de Judith Butler quien se propone realizar una genealogía de las categorías fundacionales del sexo, el género y el deseo; develando que estas son efectos de una formación específica de poder. La autora plantea que las categorías de la identidad son el producto de instituciones definitorias: el falogocentrismo2  y la heterosexualidad obligatoria. En este sentido, Butler desarrolla su teoría acerca de que el género se construye performativamente y explica como la pretendida “naturalidad” heterosexual es resultado de estos actos performativos discursivamente restringidos que  producen el cuerpo y la sexualidad mediante las categorías de sexo y dentro de ellas. Performatividad, implica “un acto de discurso que tiene el poder de crear aquello a lo que se refiere”3 . Pero a su vez, estos actos performativos siempre tienen su “espacio de fuga”, de resistencia ya que crean más de lo que están destinados a crear, un significante que excede a cualquier significante pretendido.
Dirá Butler que el sujeto no es anterior al discurso, es conformado por él y en él; pero a su vez, no puede reducirse a tales relaciones de poder. Si el sujeto intenta oponerse a su construcción deberá hacerlo desde esa misma construcción, que lo limita pero que –además- lo habilita a “hablar”. Como consecuencia, la fuerza de la repetición que posee el lenguaje no sólo provocaría la sedimentación de actos normativos, institucionalizados y naturalizados sobre el género, sino que también deja abierta la posibilidad de una acción insurgente.
Desde esta perspectiva, el género es la estilización repetida del cuerpo, la repetición constante y regulada de determinadas acciones; que se “estanca” para producir la apariencia de naturaleza del ser. Es decir que el efecto sustantivo del género se construye performativamente y es impuesto por las normas reguladoras de la coherencia de género que establecen una supuesta estabilidad, linealidad entre sexo, género y deseo (heterosexual). En consecuencia, “el género es siempre un hacer, aunque no un hacer por parte del sujeto que se pueda considerar preexistente a la acción. (…) no existe una identidad de género, detrás de las expresiones de género; esa identidad se constituye performativamente por las mismas expresiones que, al parecer, son resultado de ésta.”4

Por otro lado, Beatriz Preciado profundiza la temática planteando que el género no debe considerarse únicamente como resultado de actos performativos, sino también debe considerarse como prostético. Es decir, que no se da sino en la materialidad de los cuerpos. Siguiendo el legado foucaultiano, Preciado entiende al género como una tecnología que fabrica cuerpos sexuales. Estos mecanismos de producción sexo-prostéticos le confieren -de manera dicotómica y jerarquizada- a los géneros femenino y masculino su carácter sexual-real-natural. Pero como toda “máquina” la construcción nunca es perfecta y los imperativos de género son asumidos de manera incompleta (y frustrante). Estos deben ser re-naturalizados constantemente, y toda falla o discontinuidad es representada como una excepción perversa que viene a reafirmar el carácter natural de las normas heterocentradas de género. Pero la “identidad” sexual no debe considerarse como natural, sino como un efecto de las reiteradas y constantes reinscripciones que se ejercen en el cuerpo. Los roles y las prácticas sexuales, que suelen aparecer como naturales a los géneros femeninos y masculinos, son un conjunto de inscripciones culturales en los cuerpos que aseguran “…la explotación material de un sexo por el otro. La diferencia sexual es una hetero-partición del cuerpo en la que no es posible la simetría.”5
Según esta autora la fuerza de la resistencia deba buscarse en la subversión-alteración de las tecnologías de escritura del sexo y del género como de sus instituciones. Como propuesta esgrime el ejercicio de la contra-sexualidad que se propondrá reforzar el poder de las desviaciones, de las alteraciones a la norma. Este concepto remite a “un análisis crítico de la diferencia de género y de sexo, producto del contrato social heterocentrado, cuyas performatividades normativas han sido inscritas en los cuerpos como verdades biológicas”6 y tiene como objetivo “el fin de la Naturaleza como orden que legitima la sujeción de unos cuerpos a otros”7. Es decir, la contra-sexualidad es un intento de deconstrucción sistemática de la naturalización de las prácticas sexuales y de la jerarquización que de ella se desprende. Frente a una sexualidad normalizadora que erige como paradigma del sexo a las prácticas heterocentradas y coitocentradas, la contra sexualidad propone el acceso a todas las prácticas significantes y a todas las posibilidades de enunciación que la historia ha esencializado  (ocultando su construcción).
La contra-sexualidad define la sexualidad como un artefacto, una tecnología que posibilita múltiples significaciones en la búsqueda del saber-placer. La puesta en acto de este concepto se daría a partir de prácticas contra-sexuales que permitan otras exploraciones de placer más allá de lo coitocentrado socialmente significado como lo natural del “sexo”. Esto implica un desvío de la tecnología heterosocial que naturaliza ciertas partes del cuerpo como sexuales y otras no. Para la contra-sexualidad todo el cuerpo es una zona erógena a explorar.
La contra-sexualidad estaría en la línea de las estrategias contra-productivas mencionadas por Foucault como resistencias al dispositivo de sexualidad, que implicarían la producción de formas de placer-saber alternativas al orden sexual dominante.
Las prácticas BDSM8 son mencionadas por Beatriz Preciado como un ejemplo de contra-sexualidad y –además- es un juego sexual recurrente en la discursividad pos-pornográfica. En esta línea, Javier Sáez dirá que el S/M supone un desplazamiento radical al dispositivo de sexualidad: “se abandona la genitalidad como lugar esencial o principal de la sexualidad y esta se ve desplazada a todo el cuerpo como lugar posible de experimentación del placer”9. Desde esta perspectiva, el cuerpo entero se vuelve una zona erógena desterritorializando lo genital como lo exclusivamente sexual. El BDSM produce otros usos diferentes del cuerpo más allá de la penetración, lo cual implica una creatividad que se desvía de la normativa sexual. Nuevas prácticas-juegos sexuales que permiten pensar el cuerpo como un mapa abierto a la exploración de múltiples placeres.

Pornografía vs. Pos-pornografía

La pornografía como tal, tiene sus inicios en la literatura erótica del siglo XIX y ha tenido múltiples expresiones en distintos dispositivos. Nuestro interés particular es la pornografía en su soporte audiovisual cuya explosión se dio a partir de los años ’70 en adelante.
En una lectura foucaulteana, elegimos llamar pornografía tradicional o –más sintéticamente-“porno” a las producciones audiovisuales que actúan como reproducción de la heteronorma acerca de lo que “es” la sexualidad. Lo porno entraría en ese conjunto de discursos-saberes a los que Foucault integra en el dispositivo de sexualidad. En la modernidad, los relatos pornográficos colaboran en la producción de cuerpos inteligibles, ubicando en el orden de lo sexual “normal” a ciertas prácticas y regiones corporales. Es decir, son discursos que imprimen ciertas representaciones en torno a lo sexual, produciendo un saber y una norma que iguala el sexo al coito, el sexo a la genitalidad. Siguiendo la argumentación de Javier Sáez podemos decir que “la pornografía logra objetivar el sexo, principalmente el masculino, ya que está producida hacia un consumo masculino, teniendo en cuenta una mirada masculina, básicamente heterocentrada, y los genitales masculinos como centro de la narración”10
El porno como género trabaja siempre sobre la misma representación: la del coito. Reitera de manera aleccionadora la misma ritualidad sexual: penetración, eyaculación, orgasmo. El porno enseña, refuerza y normaliza; funciona como tecnología de sexo construyendo una representación que se naturaliza a partir de un recorte sobre el cuerpo y un señalamiento del sexo. La sexualidad deviene en genitalidad como único horizonte posible de sentido (y exploración). Los órganos reproductivos devienen en órganos sexuales, en zonas hegemónicas del placer. La reiteración frente a cámara de ciertas prácticas deviene representación globalizante de lo sexual frente a otros usos-agenciamientos del placer no vistos en el porno (esos mismos que el dispositivo de sexualidad cataloga como anormales).
No en vano se dice con mucha liviandad que el porno es un producto para hombres. Detrás de la enunciación propuesta por el porno hay un destinatario pensado: la mirada masculina. El protagonista en las películas es el pene erecto y la representación de la eyaculación es el signo distintivo de la discursividad pornográfica (JIMENEZ GATTO, 2008: 96).  No importa realmente el rostro del protagonista varón: importa su pene, su performance sexual, su conquista en lugares penetrables, su eyaculación como significante central. El recorte del cuerpo que fomenta el porno desde una mirada masculina-hegemónica refuerzan la diferencia sexual y la asignación de roles y género (SAEZ, 2003). El hombre es siempre el sujeto activo, penetrador frente a la mujer (u otro hombre, dado que parte del cine porno gay muchas veces reproduce esta lógica) que es la parte pasiva, penetrable, receptiva.
Dentro de las estrategias enunciativas que el género pornográfico utiliza para construir su mundo de genitalidad recurre fundamentalmente al uso de los primeros planos; a partir de esta estrategia los cuerpos dejan de ser tales para ser zonas fragmentadas y amplificadas. Esta inmediatez de lo sexual sometido a la tecnología del zoom (JIMENEZ GATTO, 2008:97) construye un discurso cinematográfico centrado en erecciones, penetraciones y eyaculaciones sin rostro.
A partir de estos recursos cinematográficos de hiper-realismo y exacerbada visibilidad (no hace falta más que recordar los planos de cum shot típicos del porno), podemos pensar que la intención del discurso pornográfico es dar una sensación de realidad tan eficaz en la que el espectador no sólo se sienta un voyeur sino –fundamentalmente- el protagonista de la historia que ve en la pantalla. Es a partir de la genitalidad que se da la identificación entre el espectador y el protagonista.
Pero bien nos recuerda José Anta Felez que el porno no es solamente una muestra de genitalidad sino también un ejercicio teórico-ideal de formas concretas de poder. Esto nos ubica nuevamente en la relación entre pornografía y orden sexual dominante: “lo que se busca es un modelo definitivo de identificación, donde es el poder de lo masculino (representado por el pene) sobre lo femenino lo que recorre el eje fundamentador de la película”11. El porno –entonces-asume la representación de la conquista y dominación masculina frente a la sumisión femenina reproduciendo los discursos sobre la sexualidad (y los roles de cada sexo-género) en el sistema heteronormativo vigente.

A partir de la expansión de Internet y de las facilidades tecnológicas para crear contenidos audiovisuales, comienzan a conocerse nuevas propuestas pornográficas que marcan una ruptura conceptual/estética/política con el género del porno tradicional. Surgen nuevas significaciones acerca de lo pornográfico y con ellas, nuevas representaciones del sexo lejos del canon heterocentrado. La pospornografía se presenta no como un sub-género dentro de la pornografía sino como un desvío o una fuga de la misma; no como algo marginal sino como un distanciamiento critico, una resignificación y apropiación subversiva de lo pornográfico.
La búsqueda que se propone la pospornografía es desterritorializar el cuerpo sexuado, es decir desviarse de la ecuación sexo=genitalidad para rastrear otros usos del placer. La exploración erótica en distintas partes del cuerpo como la puesta escena de prácticas alternativas al coito permite representar otros universos sexuales posibles. Es por ello que dentro del posporno pueden reunirse propuestas tan distintas como el cine porno lesbico y el cine  porno gay S/M. La propuesta no es cerrar lo sexual a una representación totalizante (y normalizada) sino explorar en sus múltiples manifestaciones. Es decir, poner en escena otras cartografías del deseo más allá de las representaciones dominantes (JIMENEZ GATTO, 2008: 104).
En palabras de Javier Sáez, el porno es “un genero (cine) que produce genero (masc/fem)”12. Frente a lo cual, lo pospornográfico es una doble deconstrucción del género: en su sentido cinematográfico y de sexo-genérico. En primer termino implica dejar a un lado las propuestas narrativas y estéticas típicas del genero pornográfico, donde lo sexo-coital-genital es el sustento de cada película. Desde el posporno se busca explorar en otros relatos y propuestas sexuales alternativas, lo cual va acompañado de un trabajo estético que permite indagar ya no tanto en lo explicito del sexo (que nos remite a lo genital del porno) sino en la multiplicidad escénica de lo sexual. Si lo pornográfico remite al orden de lo obsceno en términos de régimen de visibilidad exacerbada (JIMENEZ GATTO, 2008: 98), lo pospornográfico generaría una apertura hacia lo escénico y lo especular a partir de diferentes estrategias enunciativas. Esto se demuestra –por ejemplo- en la elección de planos generales que muchas veces utiliza el cine posporno: en oposición a los primeros planos típicos del porno, se elige la escena total para desplazar el foco de interés de lo genital a lo corporal. Esta novedad en la representación de lo sexual –desde un aspecto formal- es una de las características más sobresalientes de las nuevas discursividades pospornográficas.
Este viraje formal nos permite hablar de un viraje enunciativo tanto en el emisor como en el destinatario imaginado, lejos de la mirada masculina dominante del porno.  Esto nos conduce a la segunda deconstrucción de género que realiza el posporno: la crítica a las identidades sexuales esencializadas (y las respectivas jerarquías genéricas que se naturalizan en consecuencia) que aparecen en el porno. Si lo pornográfico es una apelación a la cita del orden heterosexual (RIVAS SAN MARTÍN, 2006), podemos pensar lo pos-pornográfico como citaciones desviadas/resistentes.
Las dicotomías tradicionales de masculinidad/femineidad, varón/mujer, penetrador/penetrado, activo/pasivo son asumidas como construcciones o tecnologías; es decir como posibilidades  y no como esencias. La heteronorma que arrastra el discurso pornográfico en cada una de sus representaciones sexo-genéricas es deconstruida para dar espacio a otras imágenes/sentidos acerca de las identidades sexuales que se definirán por su “puesta en acto”. En esa crítica se imprime una re-apropiación del género pornográfico en manos de aquellos que siempre fueron excluidos de la norma, aquellos que reivindican la plasticidad del sexo y la performatividad subversiva. Nuevas enunciaciones sexuales como políticas contra-sexuales.

Resistencia, deconstrucción y placer: elementos para una nueva mirada pos-pornográfica

Pensamos que estas producciones se insertan dentro de la trama de poder-saber del dispositivo de sexualidad pero no como meras reproducciones de la norma sino como posibles enclaves de resistencia de ese mismo poder, como posibles desplazamientos, posibles de-construcciones, des-naturalizaciones. Es en este campo de poder-saber sobre la sexualidad que emerge la pospornografía como discurso provocador, como tecnología subversiva al interior mismo del dispositivo de sexualidad. Una crítica radical que toma como metodología la de-construcción para barrer con la visión hegemónica de la sexualidad naturalizada y proponer otras representaciones basadas en los múltiples usos del placer.
Comprendemos -a partir de la teoría de la performatividad del género- que la pospornografía realiza una citación desviada del discurso normativo sobre el sexo y el placer; una resignificación de los términos que constituyen las categorías de “identidad” sexual, una desobediencia a la pretendida “naturalidad” y coherencia entre sexo/género/deseo.
La representación que el discurso pos-porno hace del cuerpo a partir de su utilización desviada propone una nueva legibilidad de la cartografía corporal erótica y nuevas construcciones de sentido que deben entenderse como formas de contra-sexualidad; lo cual implica una metamorfosis radical con relación al sistema sexo/género dominante. Tal como lo plantea Beatriz Preciado, las tecnologías del género funcionan como mecanismos de producción sexo-prostéticos que fabrican determinados cuerpos sexuales diferenciados y jerarquizados otorgándoles una apariencia “natural”. En razón a esto, la pospornografía nos permite ver lo que la tecnología del sexo pornográfica no quiere mostrar: que no hay nada natural en la sexualidad; que la genitalidad no tiene porqué ser el único territorio de lo sexual; que los roles sexuales no están pre-asignados a la practica y que por lo tanto, no existen jerarquías a-priori entre los sexo-géneros.
Es en este sentido que entendemos a la pospornografía como una apuesta política y estética. Política en tanto consideramos que intenta modificar el orden actual de las cosas desafiando las representaciones de la pornografía tradicional como parte del dispositivo de sexualidad que funciona como reproductor de la diferencia sexual, la heterosexualidad obligatoria y  que actúa como norma-regla con la que se mide que es y que no es “sexo”.
Pero esta ruptura, a su vez, no podría ser posible si no se partiera de una estética contrahegemónica que plasmara esta nueva discursividad al nivel de la imagen. Es así que se ponen en escena otras representaciones de la sexualidad y de los usos del placer a través de la utilización de herramientas estéticas diferentes. Sin esta transformación del material fílmico y este desplazamiento discursivo de la norma sería imposible generar nuevas significaciones que impliquen un des-centramiento con respecto a la concepción hegémonica de la pornografía y a su lógica de reproducción heteronormativa, falogocéntrica y coitocentrada.
Para concluir, queremos expresar que entendemos a la pospornografía como una forma de desafiar  a la normatividad de género y una forma de deconstrucción de “La Identidad Sexual” en aras de una resignificación en identidades sexuales múltiples, identidades nómades, transitivas, incompletas y boyantes. Y – ¿por que no?- ponernos en jaque a nosotros/as mismos/as a partir de las múltiples representaciones eróticas que invitan desde la pantalla.

Notas
1 Según Aluminé Moreno (2008: 217) con “heteronormatividad” nos referimos a la institucionalización de la heterosexualidad como categoría universal, coherente, natural y estable, que funciona como patrón de prácticas y sentidos sexuales, relaciones afectivas y modos de ser y estar en el mundo. La heteronormatividad es aquella que –mediante la  nos construcción de normas, hábitos e instituciones- privilegian la heterosexualidad y devalúa las prácticas  no heterosexuales y a quienes las realizan.
2 Judith Butler, en su obra “Gender Trouble”, explora las elaboraciones de Freud y Lacan sobre el falo simbólico, señalando el nexo entre el falo y el pene. Escribe que “la ley exige su propia noción de ‘naturaleza’. Intenta ganar su legitimidad a través de una naturalización binaria y asimétrica de los cuerpos en la que el falo, aunque no claramente idéntico al pene, despliega el pene como su instrumento y signo naturalizados”. En “Cuerpos que importan”, profundiza su exploración, notando que, si Freud enumera una serie de análogos y substituciones que afirman la calidad de transferible que posee el falo desde la representación del pene a otros, entonces cualquier cosa puede entrar a representarlo.
3 Butler, Judith Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del sexo, Paidós Bs. As, 2002.
4 Butler, Judith, El género en disputa, Paidós, México, 2001, p. 84.
5 Preciado, Beatriz. Manifiesto contra-sexual. Ed. Opera Prima. Madrid, 2002.
6 Preciado, Beatriz , “Introducción”, en Manifiesto contrasexual. Prácticas subversivas de identidad sexual. Ópera Prima,  Madrid, 2002, Pág. 13
7 Ídem. Pág. 13
8 Remite al horizonte de prácticas que se agrupan en el Bondage (ataduras), Dominación, Sumisión y Masoquismo. Con esta denominación hacemos referencia también a las practicas S/M. Las prácticas del BDSM están basadas en el traspaso de poder voluntario y consensuado, sostenido por juegos de rol. El vínculo contractual entre las partes define un rol para cada participante que determinará su conducta durante el juego sexual: dominante o sumiso/a, amo/a o esclavo/a.
9 Sáez, Javier, “El macho vulnerable: pornografía y sadomasoquismo” en http://www.hartza.com/posporno.htm MACBA, Barcelona, 6 de junio, 2003.
10 Sáez, Javier, “El macho vulnerable: pornografía y sadomasoquismo” en http://www.hartza.com/posporno.htm,  MACBA, Barcelona, 6 de junio, 2003.
11 Anta Félez, José Luis , “Entre el artificio y el género: el cine pornográfico” Revista de Estudios de Género. La ventana, Vol. II, Núm. 14, diciembre, México, 2001,  Pág 304.
12 Sáez, Javier, “El macho vulnerable: pornografía y sadomasoquismo” en http://www.hartza.com/posporno.htm ,  MACBA, Barcelona, 6 de junio, 2003.

Contenidos Posporno:

Maria Beatty Web 
www.bleuproductions.com/

Maria Llopis Web
http://www.mariallopis.com/

Girls who likes porno
http://girlswholikeporno.com/

Porno para mujeres
http://www.pornoparamujeres.com/index.html


Bibliografía

Anta Felez, José Luis , “Entre el artificio y el género: el cine pornográfico” en Revista de Estudios de Género. La ventana, Vol. II, Núm. 14, diciembre -, Universidad de Guadalajara, México, 2001, pp. 290-309.

Butler, Judith, El género en disputa, Paidós, México, 2001.

Butler, Judith Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del sexo, Paidós Bs. As, 2002.

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Moreno, Aluminé,  “La invisibilidad como injusticia: Estrategias del movimiento de la diversidad sexual” en Todo sexo es político: estudios sobre sexualidad en Argentina, Libros del Zorzal, Buenos Aires, 2008.

Preciado, Beatriz, “Introducción”, “Money makes sex o la industrialización de los sexos” y “Tecnologías del sexo” en Manifiesto contrasexual. Prácticas subversivas de identidad sexual, Ópera Prima, Madrid, 2002.
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Preciado, Beatriz, Testo Yonqui, Espasa-Calpe,  Madrid, 2008.

Rivas San Martín, Felipe, “Pospornografía y Contra-sexualidad” en Revista Digital Desinencia Sexual http://www.cuds.cl/articulos/10ene08pos.htm, 2008.

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Silvestri, Leonor, “Placer, Deso y Peligro” en http://leomiau76.blogspot.com/2010/10/sm-una-etica-llamada-deseo.html , 2010.


Reseña: “The Black Glove”
Para introducirnos al mundo del pos-porno, recomendamos el cortometraje The Black Glove (1997) de María Beatty, un fetish film representante del género.
Desde una estética sadomasoquista, la película narra la secuencia de una sesión BDSM entre una pareja que se presta a ese juego sexual. Los personajes que aparecen son: el hombre-crossdresser, la Ama (Morgana) y la sumisa (María Beatty). Quién narra la historia es la sumisa, que -acompañada por su compañero de juego- instaura un personaje fantasioso, que es la Ama, quién la domina en la sesión. Es decir, la película estaría mostrando la fantasía de la sumisa que “convierte” a su compañero cross-dresser en una Ama en el marco de un juego sexual BDSM. Hay una proyección fantasiosa estimulada por el juego sexual y los roles/identidades representados por cada uno. El vínculo entre estos personajes surge a partir de la fantasía que los convoca: tanto el hombre fetichista que se monta en una personificación femenina, como a la mujer que elige el rol sumiso y proyecta en su compañero la imagen de una Ama, escenifican el juego sexual que despliega sus deseos.

Puede descargarse desde: http://cor.to/theblackglove




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